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Soncillo, un nombre y una historia

4. E L T R E N D E L A R O B L A
“La muerte de un dinosaurio”

Con este título apareció un artículo en el periódico El País (18) El autor, Julio
Llamazares, hace un último viaje en el tren Hullero, el de La Robla, antes de su cierre..
Extracto algunos párrafos del mismo.

Atrás quedan 100 años de vida, un trazado peculiar y una longitud de línea, 340
kilómetros, que lo convierten en el tren de vía estrecha más largo de Europa y uno
de los primeros del mundo.
“El Hullero se ciñe al terreno como un animal de los montes, como un
mitológico ciempiés. Sin grandes obras de fábrica, sin grandes túneles, sin
excesivos desmontes, contornea las vaguadas, trepa por las lomas con el esfuerzo
de sus riñones, como si en vez de topes y cadenas estuviera articulado por huesos y
por alma” (Juan Aparicio en “Viaje en el Hullero”).
El ferrocarril de La Robla nació a finales del pasado siglo de la mano de
un grupo de empresarios vascos para llevar hasta Altos Hornos de Vizcaya el
carbón de las cuencas leonesa y palentina... fue así como se proyectó la línea,
bajo la dirección del ingeniero vasco Mariano Zuanzávar, y como empezó su
andadura el 11 de agosto de 1894.
Durante todo este tiempo no ha dejado un solo día de hacer su recorrido
llevando en sus vagones su carga de carbón y forjando a su paso la historia de un
país que sin él no sería lo mismo. Porque en los mismos trenes que llevaban el
carbón hacia Bilbao se fue yendo también, en busca de trabajo y de otra vida, la
gente que vivía al borde de su vía.
Eran años de posguerra y de miseria, y en Sestao, en Portugalete, en
Baracaldo había trabajo bien pagado y para todos sin tener que andar detrás de
las ovejas o de las vacas todo el día... Y así, el mismo tren que un día les dio la
vida, paradójicamente, fue dejando despobladas las altas tierras frías de León, de
Palencia, de Cantabria y de Burgos.
Y ahora que las minas ya están muertas y tampoco queda gente en los
pueblos para seguir viajando... “Esto es como los pasiegos: la vaca que no da
leche, fuera”.
Palabras que nos persiguen, sigue diciendo el articulista, hasta Soncillo, la
estación en la que el jefe vive con su mujer y con sus dos hijos completamente solos
y aislados a más de seis kilómetros del pueblo y que al periodista le hace recordar
aquellas palabras de Kafka: ”Durante cierta época de mi vida trabajé en un
pequeño ferrocarril del interior de Rusia. Nunca me sentí tan abandonado como
allí”.
Qué triste realidad son para toda esta región las palabras del
alcalde de Valderrueda. ”Cierran las minas, quitan el tren, pagan a los ganaderos

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