EL BEATO PADRE ALFREDO PARTE Y SU PATRIA CHICA.pdf

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nombre de Dios y que en su nombre echa las redes de su trabajo. En sus días le acompaña una
enfermedad en su pierna, lo suficientemente importante para ser su cruz ordinaria.
Unos meses antes de su muerte lo ordinario se convierte en extraordinario y sus virtudes alcanzan la
heroicidad. Su trayectoria ha sido cumplir la voluntad de Dios y lo va a seguir siendo incluso a costa
de su vida. Le hacen prisionero, no niega su identidad de sacerdote. Poco antes de morir el P. Alfredo
le dijo a un sacerdote que pudo librarse de la muerte: “Haga saber a los Escolapios que muero porque
quiero. Deseo dar mi vida por Dios y por la Escuela Pía”. Desde entonces libertad vigilada y
comienza su calvario para terminar en el huerto de Getsemaní, llamémosle la cubierta del barco del
Alfonso Pérez. Allí se consuma su martirio. Y todo por confesar a Cristo Jesús a quien no negará
nunca. Es más, ofrecerá su vida por Él.
Recogido lo más importante, se entrega en el Obispado de Santander, una vez estudiado y aprobado
sale con dirección a Roma donde llega al dicasterio correspondiente que tramita la causa de los
santos.
El tribunal encargado de la causa, lo estudia, lo coteja, lo valora y dispone de un tiempo razonable
para emitir su dictamen. Como nota curiosa al fiscal jurídico que interviene en el estudio del proceso
se le conoce como abogado del diablo por su tarea de acusador, de contrastar sus datos con la ley,
matizar e incluso dudar. Quizás su actividad pueda resultar impertinente pero no deja de ser el mejor
aval de la verdad. Después de todo, en este contexto de bien resulta simpático su nombre.
Pasan los días. La gente se va acostumbrando al dicho de que las cosas de palacio van despacio. Pero
como van sin pausas, a buen seguro llegarán al final.
Hasta ese día feliz, día de la buena noticia, una compañera poco agradable se nos une. La llamada
ESPERA. Si bien es cierto, matizada con la expectación de la fe se torna confiada.
Del mantenimiento de esta espera se encarga el Padre Fabián Sáiz, que en paz esté. De vez en cuando
filtraba alguna noticia, aunque su contenido fuese siempre el mismo: “Está a punto de salir”.
Transcribo una conversación que tuve con dos señoras del pueblo de Montejo, Soledad y Obdulia,
esta última hermana carnal del Beato. Estaban impacientes por no llegar a tiempo para ver ese día
grande. Y así fue. Se marcharon de este mundo en paz pero sin ver cumplida esta ilusión. Cuantas
veces he pensado, cómo sería de bonito ese encuentro con él. Un encuentro al completo. Al decir de
San Pablo de que ni el hombre vio, ni el oído oyó, ni la mente humana pudo imaginar aquí lo que
ellas vieron allí, en el Cielo. Aquel encuentro quedaría ratificado con un beso de santo y santas que
Dios había preparado a los que le aman.
Obdulia hermana de Beato
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