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Autor: Manuel

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REFLEXIÓN SOBRE LECTURAS V DOMINGO DE PASCUA
Hch.6,1-7 - San Pedro 2, 4-9 - Jn.14,1-12
A LAS COMUNIDADES CRISTIANAS
DE
SAN LUIS GONZGA Y SAN CRISTOVO DAS VIÑAS
Nuestra Iglesia no nació hecha y terminada. Jesús no era un “sacerdote”, de la clase sacerdotal
del Antiguo Testamento. Era un laico, nacido en la humildad, en la pobreza… Vino al mundo para
mostrarnos una forma de vivir, no una ideología…, basada en el amor y el perdón. Quiso que ese
estilo de vida llegara a todos los hombres y se extendiera por todo el mundo… Y para ello eligió a
un grupo de laicos, en los que confiaba, aunque alguno le ha fallado, para que, con la fuerza del
Espíritu, el Evangelio (Buena Nueva) se extendiera por todo el mundo…
Y así fue. Y así se dispersaron por todo el mundo
anunciando el Mensaje se Salvación, que les había
enseñado, no solo con la Palabra, sino con la Vida
(obras)… Tanto, que hasta uno, Santiago, llegó
hasta nuestras tierras gallegas… Y cada apóstol,
elegían sus equipos responsabilizándolos de las
distintas tareas de evangelización… Y así a lo largo
de dos mil años de historia este Mensaje se ha ido
adaptando, para poder dar respuesta a las
necesidades que han ido apareciendo en cada
momento.
La primera lectura cuenta cómo la Iglesia primitiva tuvo que dar respuesta a un problema que
surgió en la comunidad cristiana de entonces, porque los apóstoles tenían un excesivo
protagonismo: ellos eran los que bautizaban, predicaban, visitaban comunidades, presidían,
confirmaban en la fe a los bautizados y atendían las necesidades de los pobres. Eran demasiadas
tareas para poder hacerlas todas bien. Y surgió el malestar en la comunidad.
Las viudas de habla griega se quejaban de que eran peor tratadas en sus necesidades que las
viudas de lengua hebrea. Entonces los apóstoles convocaron a los cristianos a una asamblea
parroquial y propusieron a la comunidad una nueva forma de actuar. Decían: «No está bien que
nosotros dejemos de anunciar la palabra de Dios para dedicarnos al servicio de las mesas».
Desde ese momento, los apóstoles se dedicarían a predicar y
a la oración, y eligieron a siete hombres para que se
encargaran de atender las necesidades de los pobres.
Así surgía el primer grupo de acción social en la Iglesia.
Diríamos hoy el primer consejo pastoral representado por
miembros laicos activos y comprometidos… No era bueno
que todas las tareas de la comunidad recayeran sobre las
espaldas de los apóstoles.
Los primeros cristianos aprenden a participar en las variadas tareas de su comunidad y toman
conciencia de algo muy bonito: que no son espectadores pasivos, que todos tienen algo que hacer
en su comunidad, que todos son sacerdotes.
“Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo
adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz
maravillosa”.(Carta apóstol S.Pedro 2,4-9)
Me cuesta trabajo recordar esto ahora, y empalmo con una idea que lancé en la reflexión del
pasado domingo; Hay algunas cosas en la teología cristiana muy olvidadas: el sacerdocio de los
laicos. Y hasta hay gente que pone cara de asombro y de incredulidad, ante esta afirmación,
abalada por el Concilio Vaticano II, como si estuviera diciendo despropósitos.

Aquellos primeros cristianos tomaron conciencia de su capacidad de acción en la comunidad
cristiana, y esa conciencia se refleja en los escritos que nos dejaron.
Luego, con el paso del tiempo, todo esto se fue perdiendo y fue apareciendo el protagonismo
clerical. Y, entonces, el cura lo hacía todo o casi todo en la comunidad cristiana. Los demás
cristianos estaban de oyentes. Y los frutos de esa práctica excluyente aún los estamos
padeciendo en la vida mortecina de muchas parroquias, que hasta se escandalizan del
“protagonismo”, en el buen sentido de la palabra, que empiezan a tener, positivamente, gracias a
Dios, algunos laicos.
Entre todos tenemos de provocar un cambio de
mentalidad… porque la Iglesia tiene que empezar a
dejar de ser “un asunto de curas y monjas”, para
convertirse en la comunidad de todos los que se
sienten seguidores de Jesús.
Los sacerdotes hemos de renunciar a tanto
protagonismo, y creer en los laicos… La Iglesia no es
nuestra. No hemos de acapararlo todo. Al contrario,
una de nuestras tareas más importantes hoy, digo del
ministerio sacerdotal, ha de ser animar, estimular y
coordinar la responsabilidad de todos…
Los laicos, por vuestra parte, tendréis que superar la
pasividad y la inhibición cómoda
de quien se instala en la Iglesia como “espectador” o
“cliente”, dispuesto a recibir, pero no a aportar… Y
todos podemos y debemos aportar mucho…
Si alguien me preguntase cuál ha sido la mayor de las herejías y la que más daño ha hecho a la
Iglesia a lo largo de su historia, creo que respondería, sin vacilar, y que está tan extendida todavía
hoy, que la “Iglesia son los curas y los obispos”, y que los seglares serían simplemente oyentes,
los que se limitan a obedecer y cumplir lo que los curas guisan y comen ellos solos…
Nada más grave podría pasarle a una comunidad que tener el 98% de su cuerpo paralítico…La
verdad es que teológicamente siempre estuvo claro que la “Iglesia somos todos los que hemos
sido bautizados y creemos en Jesús”, pero, a la hora de la práctica, las cosas han sido y siguen
siendo, todavía, bastante restringidas.
Los cristianos de la Iglesia primitiva no entenderían esto. Para ellos era claro que convertirse al
evangelio era incorporarse vitalmente a la acción misionera de la Iglesia. Predicaban los
sucesores de los Apóstoles, pero ayudaban todos, participaban todos en el crecimiento de la
comunidad…
Hoy, aún, estamos lejos de que esto se haga realidad entre nosotros… Hay que iniciar una nueva
historia en la que hay que dar muerte al clericalismo de los curas y a la comodidad de los
seglares. Porque en un mundo que cuenta con seis mil millones de habitantes, de los cuales, al
menos, mil quinientos millones no tienen fe alguna, no parece demasiado inteligente, que el 98 %
de los cristianos siga pensando, que eso de la evangelización es una cosa que hace dos mil años
encargó Cristo a los curas…La Iglesia es de todos y la hemos de hacer entre todos.
La comunidad cristiana es como un edificio, como un templo de Dios, y todos nosotros somos
piedras vivas. Pero no se nos olvide que la piedra angular, la piedra importante,
la piedra sobre la que nos apoyamos todos es Jesucristo. No hay otra. Por Jesús conocemos a
Dios, nuestro Padre, y nos disponemos a llevar una vida de amor a Dios y de servicio a nuestros
hermanos.
Proclamamos que él es el camino, la verdad y la vida, como nos dice el Evangelio de hoy…
Habrá otras gentes que elijan otros caminos… Pero nuestro camino hacia Dios pasa por
Jesucristo. Y esto es lo que celebramos y saboreamos en cada eucaristía.

Tengo esperanza que esto va a cambiar positivamente… Ya se empieza a notar… en nuestras
parroquias y se nota… Tenemos un maravilloso grupo que está haciendo Iglesia, comunidad…
dedicando mucho tiempo a los servicios que la vida de nuestras parroquias requieren…
Apoyémoslos…¿quién se atreve a unirse a ellos???... No nos quedemos a la puerta
reconociendo, SÍ, lo mucho y bien que están haciendo; en la catequesis, con los jóvenes, en
Cáritas, en la gestión económica, en la organización de campamentos, en el mantenimiento y
limpieza de nuestros templos, en el trabajo de acogida a los inmigrantes, a las familias
desestructuradas y “sin papeles”, en el apoyo escolar… Se necesitan más voluntarios, que sepan
“compartir” algo de su tiempo en bien de la comunidad… Para que sea, de verdad, una comunidad
de piedras vivas…
Para llevar a buen fin todos nuestros proyectos y una comunidad parroquial viva y fraterna, como
los primeros cristianos, necesitamos de María, nuestra Madre:
Necesitamos madres, que sepan estar ahí, como María:

para el amor y el dolor; para la ternura y enjugar las
lágrimas; para curar las heridas y aguantar la cruz;
para acompañar a un enfermo; para recibir a quien
se alejó y enseñar a rezar; para estar donde hace
falta y cuando hace falta; para callar y guardar los
secretos del corazón; para aprender a esperar y
estar cuando el alma duele; para buscar al que se
perdió y comprender silencios y palabras. Porque
para todo… ahí está la Madre.
Danos, Señor, madres cristianas, como María, tu
Madre.
Madres que sepan decir sí a la verdad,
Madres que nos busquen cuando nos perdemos,
Madres que nos dejen ser hijos, que sepan esperar y confiar.
Madres que sepan callar...y facilitar nuestra libertad.
Madres que sepan estar en segundo plano,
Madres que sepan rezar y llorar por sus hijos
Madres que no se avergüencen nunca de sus hijos.
Madres que sepan decir palabras bonitas en los momentos difíciles.
Madres que nos enseñen a amar y a amarte.
Madres que nos enseñen lo que es amar sin medida.
Madres... Madres...
Sí, Señor, en esta sociedad tan fría y materialista,
danos madres que sean mujeres santas y fuertes;
Sí, Señor, en este momento duro y difícil, por la invasión del covid-19,
danos madres que sepan estar, como María,
al pie de la cruz, al pie de la vida de sus hijos,
hospitalizados, confinados y solos….
María, madre todos los hombres y mujeres,
acompaña, en el trance de la muerte, a tantos miles de personas,
que en la soledad provocada por la pandemia,
sin la presencia de los suyos, dan el paso a la Vida…


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