REVISTA NUMERO 11 CANDÁS EN LA MEMORIA.pdf


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“LOS CHARCOS OLVIDADOS DE LA INFANCIA”
(relato poético) por José Ramón Muñiz Álvarez

El eco de los cárabos lejanos, la voz de los mochuelos en el monte, los cantos del autillo antes
del alba… Los tiempos de la infancia se nos
fueron, se fueron las sonrisas cariñosas de abuelas que partieron, no hace tanto. Y ahora, cuando
muere el mes de agosto, despido la amargura
de los búhos que saben a misterio y a tristeza.
Y vengo a recordar aquellos días de dicha y de
inocencia en que solía mirar por la ventana y ver
las sombras. Y vengo a recordar aquellos tiempos
de sábados ociosos, esas noches que ardían al
llegar la primavera. Y es tiempo de acordarme de
esa madre, perdida en los jardines de una noche
distinta a la que miro con mis ojos: detrás de la
ventana está la sombra que brinda las mansiones
a las aves que saben guarecerse en la arboleda;
detrás del pecho mismo, siempre abierta, la herida del dolor y la añoranza, pensando en ese viaje
inesperado (la pobre se nos fue con un suspiro,
volando como vuelan, a sus anchas, los mirlos, el
jilguero y los raitanes).
Y sueño la niñez que se me escapa, y acaso las
caricias de una madre que sufre por el bien de
sus retoños. Y, entonces, el silencio de la noche se
torna en un pesar incomprensible, sabiendo que
la muerte la ha llevado. Tal vez es el silencio en
el que suelen mostrarse los rumores más diversos, la mezcla de sonidos alejados. Es un rumor
de cosas diferentes que quiere ser, sin serlo, ese
vacío que ignora el alma humana mientras vive.
Y sé que el alma humana, mientras vive, procura
comprender ese vacío, buscar en él la lógica escondida, pues siempre esos rumores que se mezclan, llegados de lo lejos, no sugieren que el aire
nos observa sin permiso. Y pienso en la niñez
que quise un día guardar como el tesoro que se
pierde, según se cumplen años en la senda. Y
digo que es difícil contentarse con el recuerdo
vago de unos días que solo son la sombra de otro
tiempo. Y busco esa niñez como quien busca la
joya más querida en un armario, moviendo y
removiendo los cajones.
De niño fui feliz porque jugaba con charcos,
si llovía en los otoños, atando bien las botas y
abrochándome. Las gotas de la lluvia dibujaban
con gran exactitud, sobre las aguas, los círculos

Para María del Carmen Álvarez Menéndez

concéntricos de siempre. Después, en casa ya,
con la merienda, solía, ante el papel, ser yo el
artista, y entonces dibujaba los castillos. La
infancia se fue rauda por los montes, huyendo
como el sol de cada tarde, y nunca imaginé
quedar sin ella. Los niños, aunque saben de la
muerte, la entienden como un ente tan lejano
que nunca llegará a nuestro horizonte. Y sé que
su propósito no es justo, que viene con puñales
asesinos, hermana de la nieve y las escarchas. La
helada del enero es asesina del alba que despierta
lentamente, que nace derrotada entre bostezos.
De niño, al ver el alba, imaginaba que en todos
sus colores existían milagros sorprendentes, mil
antorchas. Pensaba que la luz de esas antorchas
eran vida, la vida que nos roban los ocasos,
cuando se escucha el canto del mochuelo.
La noche era más noche en esa infancia que queda tras decenios y decenios (la edad, siempre severa, no perdona). Las noches de la infancia eran
las noches cuajadas de misterio y de leyenda,
las noches de los lobos y su aullido. Amábamos
los niños las imágenes del mundo terrorífico
del bosque, de aquellos eucaliptos apartados.
Solíamos soñar que había lobos por todos los
contornos en la noche, llenando con sus voces
los lugares; sentíamos las voces de los perros,
jugando a imaginar que eran los lobos, erráticos
y hambrientos entre sombras; queríamos pensar
que, entre el helecho, las zarzas y las plantas arbustivas, estaban escondidas sus miradas. Tenía
gran encanto aquel peligro: la voz del lobo, reina
del espacio, queriendo convocar a la manada,
las voces de los cárabos, los búhos, el ruido de
los trenes en la noche, mezclándose a los tristes
vendavales… Y, a veces, el regalo de un relato de
tiempos diferentes, esos tiempos que vieron a los
padres por los montes, buscando, como niños,
las ardillas.
Enero no fue justo al arrancárnosla, tan débil
ya, vencida y agotada, a los que la quisimos con
nosotros.
La escarcha y las heladas de la noche dictaron la
sentencia sin dudarlo, mirando las estrellas temblorosas de aquel anticiclón sin esperanza.
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