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La puerta vedada
Vivir en cada rosa
El tren inicia con lentitud el viaje que me lleva de
Santiago de Chile a Rancagua. Desde el punto en que
me ubico, puedo ver, reflejados en la ventanilla, los
rostros de mis compañeros de viaje, desconocidos,
pero coincidentes durante el trayecto. Disfruto verlos
platicar o cerrar los ojos como para evadirse; imagino
su propia historia y su personalidad a flor de piel.
Siempre me ha gustado hacer eso y me salen unas
historias fantásticas que hacen menos cansado cada
recorrido. Mi vecina de asiento es una joven con
manos delicadas, como de pianista. Nuestras miradas
se cruzan en un ¡hola! No pronunciado, pero que
continúa con una sonrisa y un —¿crees que lloverá
esta tarde?— que digo, aprovechando el momento
más propicio para iniciar una conversación. —No
creo, por acá, cuando va a llover, se percibe en el
ambiente; huele a humedad, te pones triste; y hoy,
si te das cuenta, no creo que alguien sienta eso—.
Nuevamente el silencio nos alcanza. Ella continua
leyendo, como lo ha hecho casi desde que iniciamos el
viaje. La he contemplado con interés desde que subió,
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