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Diari de Terrassa %JTTBCUF EFKVOZEF

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Café Berlín

E

LLA hablaba sin parar. Su vez era melódica y agradable, y sus breves pausas
venían siempre acompañadas de una gran sonrisa. Él por su parte era un
manojo de nervios, incapaz de entender lo que ella le contaba tan
efusivamente. Su corazón se lo impedía. Bum bum. Ella era tan guapa. Bum
bum. Era tan sumamente lista y culta. Bum bum. ¿Por qué iba a querer
alguien como ella estar con él? Los latidos in crescendo marcaban el ritmo con el que
sus miedos se magnificaban. Luego estaba el gato ¡Ese maldito gato! Mirándolo desde la
barra, fijamente, sin apartar esos ojos mientras se relamía. Ella hablaba y él comenzaba
a sudar. Sentía como si la ropa empezara a venirle grande.
Ella sonreía y los pies de él empezaban a colgarle de la silla, incapaz de tocar ya el suelo.
El gato le miraba fijamente y ella le contaba sus viajes e ilusiones. Él se esforzaba por
mirarle a los ojos desde abajo, mientras la mesa parecía cada vez más lejana. El corazón
seguía marcando ritmos prohibidos. Sus oídos le pitaban mientras ella a lo lejos
articulaba palabras inteligibles. El gato, siempre con su mirada fija en él, comenzó a
caminar acercándose con cautela. Su ropa se había convertido ya en un gurruño de
telas que lo cubrían por completo. No veía nada. No oía nada salvo el ritmo incesante
de su corazón. El calor de su cuerpo lo había abandonado. El tacto en general suave de
su piel se había tornado húmedo y frío. Tenía miedo. Él no estaba a la altura. Ella era
perfecta. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, de la cabeza a la cola, poniéndole las
escamas de gallina. ¿Volvería a verla? ¿Acaso importaba? Era una sardina y las sardinas
no aman. No pueden. No saben. Hubo un silencio. Los latidos cesaron. Sólo un
maullido.

Pablo Garrido Jiménez

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