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Diari de Terrassa %JTTBCUF EFKVOZEF

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La caja de los botones

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ACE un año que murió mi madre. Hemos encontrado un comprador para
la casa y no queda otro remedio que deshacerse de los trastos. En pisos tan
pequeños como los nuestros, no podríamos almacenar los objetos
inservibles. Miro la caja de los botones. Las bisagras cierran mal y los
claveles que adornan la tapa han perdido el brillo que tenían en mi
memoria. ¡Qué pocos botones y qué descabalados!
– ¡Esta caja, a la basura!– dice mi hermana.
– ¡No, no la tires! – digo yo.
– ¿Y para qué la quieres? – me pregunta ella.
– Para recordar que hubo un tiempo en el que en esta pequeña caja cabía todo mi
mundo. Me bastaba con sentarme a los pies de madre y extender los botones que
contenía para sentirme la persona más afortunada del mundo.
Mientras mi madre cosía, yo volcaba en la alfombra la caja de los botones y los
ordenaba siguiendo los caprichos de mi imaginación. Unas veces eran flores de un
jardín mágico y multicolor; otras, piedras que, convenientemente dispuestas, se
transformaban en sillares de una casa, arcos de una iglesia o arcenes de una carretera.
Construía también hospitales, escuelas, cafeterías y parques adonde los niños iban a
jugar. Otras veces humanizaba los botones y los convertía en maniquíes ataviadas a la
moda, pacientes de mi consulta o aplicados alumnos. Yo quería ser modista, como mi
madre, y coser vestidos que realzaran la belleza de las mujeres. Los botones forrados de
terciopelo eran atildadas damas que asistían al teatro y los de tela floreada, muchachas
que corrían con las faldas al viento. Los botones de madera, rústicos campesinos y los
dorados con escudo, generales de un ejército de metal, formado por botones que a mi
juicio tenían porte masculino. Cuando soñaba con ser médica, buscaba botones
defectuosos e imaginaba que podía curarles su enfermedad. Otras veces ansiaba
convertirme en maestra. Disponía líneas de pupitres y en ellos sentaba a mis alumnos:
botoncitos de plástico de luminosos colores que escuchaban atentamente mis
peroratas. Nada hay tan poderoso como la imaginación de un niño que juega.

María José Toquero del Olmo

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