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La tradición europea, que fue heredada por América
Latina, ponía a las universidades y las empresas económicas en polos opuestos. Según esta
tradición, las universidades se dedican a la búsqueda del conocimiento, de la
educación y de la cultura, mientras que son las empresas las organizaciones que
tienen por objetivo la ganancia monetaria, las empresas tienen una lógica de corto
plazo, mientras que las universidades tienen la perspectiva de los siglos (Schwartzman,
1996). Desde esta óptica pedir a las universidades que actuasen basadas en criterios de eficiencia y
productividad parece inadecuado ya que la racionalidad imperante es que a la universidad no debía
importarle el costo que tenga para que su producto sea de calidad en términos educacionales,
científicos o culturales.
Sin embargo, en los últimos años, la barrera aparentemente infranqueable entre las universidades y
las empresas económicas ha empezado a fracturarse en distintos puntos, y la aproximación y los
paralelos entre las dos se han tornado cada vez más frecuentes. En el límite, hay quienes
argumentan que las universidades tendrían que portarse y ser tratadas como
empresas económicas, tanto del punto de vista de la evaluación de sus resultados
como de su forma de financiación, por la venta de productos al mercado, y no más por
subsidios o donaciones públicas.

CONCEPTOS Y DEFINICIONES

Las instituciones de educación superior no sólo deben
ser eficaces sino que deben buscar y alcanzar la eficiencia. La eficacia es la obtención de los
resultados deseados, y la eficiencia se logra cuando se obtiene un resultado deseado con el mínimo
de insumos (Chase y Aquilano, 1995). La eficiencia resulta del logro de los objetivos propuestos si
ello se hace con costes mínimos (Monserrat et al, 1998). La eficiencia se refiere al uso óptimo de
recursos en beneficio del logro de los objetivos planificados (Espinoza et al, 1994). Se trata de un
concepto cuyo origen se remonta a Robins (1932), específicamente a su definición económica, y cuya
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