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PRÓLOGO
“2016 fue un año en el que la
idea de dignidad e igualdad
humanas, el concepto mismo
de familia humana, fue
objeto de intensa e
implacable agresión en
forma de discursos de culpa,
miedo y búsqueda de chivos
expiatorios, propagados por
quienes querían tomar el
poder o aferrarse a él casi a
cualquier precio.”
SALIL SHETTY, SECRETARIO GENERAL
Para millones de personas, 2016 fue un año
de sufrimiento y miedo implacables, en el
que gobiernos y grupos armados cometieron
abusos contra los derechos humanos de
múltiples maneras. Grandes zonas de Alepo,
la ciudad más populosa de Siria, quedaron
reducidas a escombros por los bombardeos
aéreos y las batallas en las calles, mientras
que en Yemen continuaron los crueles
ataques contra la población civil. Desde el
empeoramiento de la difícil situación del
pueblo rohingya en Myanmar hasta los
homicidios ilegítimos masivos en Sudán del
Sur, desde las brutales medidas contra las
voces disidentes en Turquía y Bahréin hasta
el auge del discurso de odio en buena parte
de Europa y Estados Unidos, en 2016 se
dieron situaciones que hicieron del mundo
un lugar más sombrío e inestable.
Mientras tanto, la distancia entre el deber
y la acción y entre la retórica y la realidad era
abismal, adquiriendo en ocasiones
proporciones pasmosas. Nada mejor para
ilustrarlo que la falta de acuerdo de los
Estados que asistieron en septiembre a la
12
cumbre de la ONU sobre personas
refugiadas y migrantes a la hora de dar una
respuesta adecuada a una crisis global que
cobró aún mayor magnitud y urgencia
durante el año. Mientras los líderes del
mundo demostraban no estar a la altura de
las circunstancias, 75.000 personas
refugiadas permanecían atrapadas en tierra
de nadie en el desierto entre Siria y Jordania.
Aunque 2016 fue también el Año de los
Derechos Humanos de la Unión Africana,
tres de sus Estados miembros anunciaron su
retirada de la Corte Penal Internacional,
reduciendo así las perspectivas de rendición
de cuentas por crímenes de derecho
internacional. Mientras tanto, Omar al Bashir,
presidente de Sudán, recorría libre e
impunemente el continente a la vez que su
gobierno lanzaba armas químicas contra su
propio pueblo en Darfur.
En la arena política, de los numerosos
movimientos sísmicos del año quizá el más
destacado fuera la elección de Donald Trump
como presidente de Estados Unidos. Su
designación se produjo tras una campaña en
la que hizo a menudo declaraciones que
sembraban la discordia, caracterizadas por la
misoginia y la xenofobia, y prometió revocar
libertades civiles consolidadas e introducir
políticas sumamente adversas para los
derechos humanos.
La venenosa retórica de la campaña de
Donald Trump ilustra la tendencia global
hacia una forma más airada y divisiva de
hacer política. En todo el mundo, líderes y
políticos en busca de poder articularon
discursos de miedo y desunión, culpando a
los “otros” de los motivos de queja, reales o
inventados, del electorado.
Su antecesor, el presidente Barack
Obama, ha dejado un legado que incluye
muchos fracasos lamentables a la hora de
hacer valer los derechos humanos, en
particular la ampliación de la sigilosa
campaña de la CIA de ataques con drones y
el desarrollo de una gigantesca maquinaria
de vigilancia masiva, como reveló el
denunciante de irregularidades Edward
Snowden. No obstante, las primeras
indicaciones del nuevo presidente Trump
Informe 2016/17 Amnistía Internacional
