Marqués de Sade Justine.pdf

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bastante grande cuyas paredes no estaban tapizadas; con un cuchillo tenía que
raspar una cierta cantidad de yeso de esas paredes, que luego pasaba por un
fino tamiz: el resultado de esta operación eran los polvos de tocador con que yo
cubría cada mañana tanto la peluca del señor como el moño de la señora. ¡Pero,
ay, ojalá hubiera querido Dios que ésas fueran las únicas torpezas a las que se
entregaban esos malvados! Nada hay más natural que el deseo de conservar los
bienes, pero no lo es tanto el de aumentarlos con los del prójimo. Y no tardé
mucho en descubrir que sólo así se enriquecía Du Harpin.
En el piso de arriba vivía una persona muy acomodada, que poseía unas
alhajas bastante bonitas, y cuyas pertenencias, sea a causa de la vecindad, sea
por haber pasado por las manos de mi amo, eran muy conocidas por él; le oía a
menudo lamentarse con su mujer de una cierta caja de oro de treinta a cuarenta
luises, con la que se habría quedado, decía, de haber sabido actuar con mayor
destreza. Para consolarse al fin de haber devuelto esa caja, el honrado señor Du
Harpin proyectó robarla, y a mí se me encargó la negociación.
Después de haberme hecho un gran discurso sobre la indiferencia del robo,
sobre la utilidad misma que ejercía en el mundo, ya que restablecía en él una
espe cie de equilibrio, que alteraba por completo la desigualdad de las riquezas;
sobre la escasez de los castigos, ya que estaba demostrado que de veinte
ladrones no perecían más de dos; después de haberme demostrado, con una
erudición de la que no habría creído capaz al señor Du Harpin, que el robo era
honrado en toda Grecia, que varios pueblos seguían admitiéndolo, favoreciéndolo y recompensándolo como una acción atrevida que demostraba tanto el valor
como la destreza (dos virtudes esenciales para cualquier nación guerrera); en
una palabra, después de haberme garantizado que, si era descubierta, su
crédito me salvaría de todo, el señor Du Harpin me entregó dos llaves falsas una
de las cuales debía abrir el apartamento del vecino y la otra el escritorio donde
se hallaba la caja en cuestión, y me rogó insistentemente que encontrara esa
caja, porque por un servicio tan esencial aumentaría mi sueldo en un escudo
durante dos años.
