Marqués de Sade Justine.pdf

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––¿Y a qué servicio se refiere usted, señor? ––contesté––. No pido otra cosa
que prestar aquello que la decencia y mi edad me permiten cumplir.
––Los servicios de una criatura como tú son poco útiles en una casa ––me
contestó Dubourg––. No tienes edad ni constitución para colocarte como pides.
Mejor harías en ocuparte de gustar a los hombres, y de trabajar en encontrar a
alguien que quiera ocuparse de ti. Esta virtud que tanto exhibes no sirve de nada
en el mundo; por mucho que te arrodilles ante sus altares, su inútil incienso no te
alimentará. La cosa que menos halaga a los hombres, aquella a la que prestan
menos atención, la que desprecian más soberanamente, es la decencia de
vuestro sexo: aquí sólo se aprecia, hija mía, lo que beneficia o lo que deleita. ¿Y
qué beneficio puede significar para nosotros la virtud de las mujeres? Son sus
desórdenes los que nos sirven y nos divierten, pero su castidad es lo que menos
nos interesa. En una palabra, cuando las personas de nuestra clase dan, sólo es
para recibir. Ahora bien, ¿cómo una chiquilla como tú puede agradecer lo que se
hace por ella si no es abandonando cuanto se quiera su cuerpo?
––¡Oh, señor! ––contesté con el corazón henchido de suspiros––. ¿Ya no
existe honradez ni beneficencia entre los hombres?
––Muy pocas ––replicó Dubourg––. Si se habla tanto de ellas, ¿cómo quieres
que existan? Estamos de vuelta de esta manía de ayudar a los demás
gratuitamente; se ha reconocido que los placeres de la caridad sólo eran goces
del orgullo y, como nada se disipa con mayor rapidez, se han querido
sensaciones más reales. Se ha visto que con una criatura como tú, por ejemplo,
era mucho mejor quedarse como anticipo con todos los placeres que puede
ofrecer la lujuria que con los muy fríos y muy futiles de aliviarla de manera
desinteresada. La reputación de un hombre liberal, caritativo, generoso, no es
nada comparada, en el instante en que mejor se disfruta, con el más ligero
placer de los sentidos.
––¡Oh, señor! ¡Con semejantes principios, es necesario pues que el
infortunado perezca!
