Marqués de Sade Justine.pdf

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exactamente como con una esposa legítima, cuando la adquisición de una
bellísima finca cerca de Montargis les obligó a ambos a pasar algún tiempo en
esa provincia.
Un atardecer, en que la bondad de la temperatura les animó a prolongar su
paseo desde la propiedad que habitaban hasta Montargis, encontrándose
demasiado cansados para decidir volver tal como habían venido, se detuvieron
en la posada donde para la diligencia de Lyon, con la intención de enviar desde
ahí un hombre a caballo a buscarles un coche. Reposaban en una sala baja y
fresca, que daba al patio de esta casa, cuando la diligencia de la que acabamos
de hablar entró en la hospedería.
Es una diversión bastante natural contemplar cómo descienden los pasajeros
de una diligencia; es posible apostar por el tipo de personajes que salen de allí
y, si uno ha nombrado una ramera, un oficial, unos cuantos curas y un fraile,
puede estar casi siempre seguro de ganar. La señora de Lorsange se levanta, el
señor de Corville la sigue, y los dos se divierten viendo entrar en la posada al
traqueteado grupo. Parecía que ya no quedaba nadie en el coche cuando un
jinete de la gendarmería, bajando del pescante, recibió en sus brazos de uno de
sus compañeros, también situado en el mismo lugar, una joven de veintiséis a
veintisiete años, vestida con una mala chambra de india y envuelta hasta las
cejas por una gran manteleta de tafetán negro. Estaba maniatada como una
criminal, y tan débil, que seguramente habría caído si sus guardianes no la
hubieran sostenido. Ante el grito de sorpresa y de horror que suelta la señora de
Lorsange, la joven se gira, y deja ver junto al más bello talle del mundo, el rostro
más noble, más agradable, más interesante, todos los atractivos en suma más
placenteros, hechos mil veces aún más excitantes por la tierna y conmovedora
aflicción que la inocencia añade a los rasgos de la belleza.
El señor de Corville y su amante no pueden dejar de interesarse por la
miserable joven. Se acercan, preguntan a uno de los guardias qué ha hecho la
infortunada.
––Se la acusa de tres delitos ––contesta el jinete––: de asesinato, de robo y de
incendio; pero os confieso que mi compañero y yo jamás hemos conducido a un
