Marqués de Sade Justine.pdf

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coronado felizmente, la desgraciada Juliette se denigró con dos nuevos
crímenes semejantes al primero; uno para robar a uno de sus amantes, que le
había confiado una suma considerable, ignorada por la familia de ese hombre, y
que la señora de Lorsange pudo ocultar gracias a esta espantosa acción; el otro,
para poseer cuanto antes un legado de cien mil francos que uno de sus adoradores le hacía en nombre de un tercero, encargado de devolver la cantidad
después de la defunción. A esos horrores, la señora de Lorsange juntaba tres o
cuatro infanticidios. El temor de estropear su bonito talle, el deseo de ocultar una
doble intriga, todo ello le hizo tomar la decisión de sofocar en su seno el fruto de
sus excesos; y esas fechorías, tan desconocidas como las anteriores, no fueron
óbice para que esta mujer artera y ambiciosa encontrara diariamente nuevas
víctimas.
Es cierto, por tanto, que la prosperidad puede acompañar la peor conducta, y
que en el mismo centro del desorden y de la corrupción, cuanto los hombres
denominan la felicidad puede esparcirse sobre la vida; pero que no nos alarme
esta cruel y fatal verdad; que el ejemplo de la desdicha, persiguiendo por
doquier a la virtud, como no tardaremos en ofrecer, no atormente más a las
personas honradas. Esta felicidad del crimen es engañosa, sólo aparente;
además del castigo reservado sin duda por la Providencia a quienes han seducido sus éxitos, ¿no alimentan en el fondo de sus almas un gusano que,
royéndolos incesantemente, les impide regocijarse con estos falsos fulgores, y
sólo deja en sus almas, en lugar de delicias, el recuerdo desgarrador de los
crímenes que les han llevado donde están? En cambio, el infortunado al que la
suerte persigue, tiene su corazón como consuelo, y los goces interiores que le
procuran sus virtudes le compensan muy pronto de la injusticia de los hombres.
Esa era, pues, la situación de la señora de Lorsange cuando el señor de
Corville, de cincuenta años de edad, gozando del crédito y de la consideración
que antes hemos descrito, decidió sacrificarse enteramente por esa mujer y
retenerla para siempre con él. Sea por las atenciones recibidas, sea por los
procedimientos empleados, o bien por la habilidad de la señora de Lorsange, el
señor de Corville lo había conseguido, y llevaba cuatro años viviendo con ella,
