Marqués de Sade Justine.pdf

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servicio, distinción, y una especie de consideración en la sociedad que en dos o
tres años consiguió hacer olvidar sus comienzos.
Fue entonces cuando la desdichada Juliette, olvidando todos los sentimientos
de su nacimiento y de su buena educación, pervertida por malos consejos y
libros peligrosos, apresurada por disfrutar a solas, llevar un nombre y ninguna
cadena, osó entregarse a la culpable idea de abreviar los días de su marido.
Una vez concebido este odioso proyecto, lo mimó y lo consolidó desafortunadamente en uno de esos momentos peligrosos en que las acciones
físicas se ven impelidas por los errores de la moral; instantes en que no nos
negamos a casi nada ni nada se opone a la irregularidad de las ansias o a la
impetuosidad de los deseos, y se aviva la voluptuosidad recibida en proporción a
la cantidad de los frenos que rompe, o a su pureza. Desvanecido el sueño, si
nos volviéramos buenos, el inconveniente seria insignificante, sólo se trataría de
la historia de los errores de entendimiento; sabemos perfectamente que no
ofenden a nadie, pero, desgraciadamente, se llega mas lejos. ¿Qué significará –
–nos atrevemos a preguntarnos––, la realización de esta idea, si su mera
presencia nos exalta, nos emociona tan intensamente? Entonces damos vida a
la maldita quimera, y su existencia acaba siendo un crimen.
La señora de Lorsange lo ejecutó, afortunadamente para ella, con tanto
secreto que estuvo al amparo de cualquier persecución, y sepultó junto con su
esposo las huellas del espantoso delito que le precipitaba a la tumba.
Viéndose libre y condesa, la señora de Lorsange recuperó sus antiguos
hábitos; pero creyéndose algo en el mundo, puso en su conducta un tanto
menos de indecencia. Ya no era una muchacha mantenida, era una rica viuda
que daba estupendas cenas, a las que tanto nobles como burgueses les
encantaba ser admitidos; mujer decente en una palabra, pero que aun así se
acostaba por doscientos luises, y se entregaba por quinientos al mes.
Hasta los veintiséis años, la señora de Lorsange siguió haciendo brillantes
conquistas; arruinó a tres embajadores extranjeros, cuatro recaudadores de im
puestos, dos obispos, un cardenal y tres caballeros de las órdenes reales; pero
como es inusual pararse después de un primer delito, sobre todo cuando se ha
