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Las lágrimas en mi cara no dejan de correr, pero ella no se inmuta.
Levanta con su mano izquierda su hábito y puedo ver como debajo de este, existe solo una oscuridad
absoluta. Es de esta oscuridad de donde sale un niño de baja estatura de ojos claros y cabello negro,
pálido como si estuviera frio desde hace semanas.
-
¡NO! ¡NO! ¡NO! – Comienzo a gritarle y me vuelvo loco desde mi asiento, incapaz de levantarme
Es mi hermano, parado a lado de ella, está en sus manos y no logro distinguir si es una muestra de burla
o de aprecio hacia mí, por mostrarme por una última vez a mi hermano o para mostrarme que no hay
nada que pueda hacer para salvarlo ahora. Hace un movimiento con su mano izquierda y deja a mi
hermano en su mundo de tinieblas una vez más donde ya no puedo volver a verlo. Y en su brusquedad
entiendo la manera en que me manda callar, así que me tranquilizo y trato de respirar, en un parpadeo
la oscuridad a mi alrededor desaparece y vuelvo a la escena del velorio con todos mis parientes a mi
alrededor, dejo de llorar, y me prometo no volver a llorar desde entonces.
Ese fue el primer encuentro cercano con ella, tan cerca que podría haberla tocado, pero su imponencia
frente a mí no me dejó mover ni un musculo, llegó a mí y muy en el fondo la sentí como una amiga.
Años después volvió para confirmar mis sospechas.
Estoy siendo atacado por unos abusivos en la escuela secundaria, tres mastodontes del doble de mi
tamaño, golpeándome sin yo poder defenderme, crecí sin amigos, apático y para muchos, como ellos,
soy irritante, cuando uno de ellos ríe con fuerza mientras los otros dos me sostienen para que me
golpee, deseo con todas mis fuerzas que muera, en verdad lo deseo, que algo le pase y acabe su patética
e innecesaria existencia. Cierro los ojos por un momento y cuando los abro ahí está de nuevo,
mirándome fijamente, y a nuestro alrededor una oscuridad completa, la veo, me mira como si me
estuviera analizando, pero no me dice nada. En un parpadeo más la luz vuelve a mi alrededor y solo veo
a los dos brabucones ya no sosteniéndome sino arrodillados enfrente a mí, a lado del cuerpo de su
amigo, llorando y gritándole que se levante. Lo veo por un momento, no se va a levantar, y talvez tiene
algo que ver con toda la sangre que sale de su cabeza; se a resbalado con las piedras mojadas y su
cabeza a golpeada la más filosa de ellas, se abrió como una sandía sin esfuerzo. Sé que no ha sido mi
culpa, pero de alguna manera me siento responsable, yo lo eh deseado y se ha vuelto realidad, ella me
ha escuchado y cumplió mis demandas, sin chistar y sin decir que es lo que quiere a cambio.
Días después en el funeral del niño todos lloran lágrimas de hipocresía, nadie lo extraña, a nadie le
importa, es realmente un alivio que quieren disfrazar de lamentos por educación, porque así estamos
hechos, debemos festejar la vida y lamentar la muerte, aun cuando admitimos dentro de nosotros que
cierta gente no merece vivir y deseamos que otros mueran.
No eh vuelto a pedirle favores, me eh enterado que puedes llamarle mediante un altar y ella cumple tus
deseos, pero eh comprobado que es una falsedad, una triquiñuela echa por los vendedores artesanales,
ella es un ente muy ocupado como para preocuparse por atender las banalidades humanas, por simple
adoración. Aun así, talvez no sea a mí a quien escucha, talvez es ella misma quien decide llevarse las
vidas mortales, por mera diversión; debería cuidarme, pero su presencia no me produce miedo, nunca lo
ha hecho.
