Agil Mente Estanislao Bachrach.pdf


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Esto huele bien
El olfato es el más viejo de nuestros sentidos y, por ello, el único que viaja directo a la amígdala y al córtex olfatorio, sin pasar por el
tálamo como lo hacen la audición, una parte de la vista, el tacto y el gusto. Esto se debe a que, evolutivamente, el olfato era el encargado de

decirnos con rapidez si un alimento potencial olía mal y podía ser nocivo para nuestra salud. Hoy todavía podemos hacerlo bastante bien con
olores nauseabundos, ciertos químicos, etcétera. Aquí no cuentan los exquisitos quesos franceses.
Casi cualquier animal que no tenga un buen sentido del olfato enfrentará muy probablemente la muerte antes de poder dejar descendencia.
En general, las presas huelen bien a sus predadores (olor a asado) pero éstos huelen mal para las presas (olor a león, repelente para los
humanos). Los olores también pueden indicar “enfermedad”, razón por la cual a veces se utilizan perros para identificar melanomas,
epilepsia, baja de azúcar, ataques de corazón; la diabetes huele a azúcar y el sarampión, a plumas. El mejor amigo del hombre posee
doscientos veinte millones de células olfatorias y nosotros, cinco millones.
La conexión directa del sistema olfatorio con la amígdala se debe a que esta última puede influir tanto en el ritmo cardíaco y la presión
arterial como en nuestra sensación de calma y bienestar. Es decir, olores que nos crispan o nos alertan y otros que nos seducen y nos
invitan. Estos últimos son los relacionados con la aromaterapia.
Además, el sistema olfatorio está conectado directamente con nuestro sistema de emociones y memoria. Si no querés que se olviden de
vos, ¡tenés que acudir a su nariz! A pesar de que sólo el uno por ciento del cerebro está involucrado en el olfato, si olemos algo familiar o
evocativo, la memoria de la primera vez que sentimos volverá a despertar las emociones vividas entonces. En el mundo del marketing, para
evocar memorias poderosas se trata de utilizar olores de la infancia que están guardados muy intensamente y por muchos años. De esta
manera se puede asociar una marca o un producto con aromas muy placenteros.
Algunas investigaciones realizadas en el mundo de los negocios arrojan datos divertidos y veraces. Por ejemplo, el olor a limón aumenta
las ventas en restaurantes de mariscos, y el olor a pasto o tierra cerca de los lácteos eleva las ventas en los supermercados porque te
recuerda de dónde vienen esos productos y te produce la sensación de que son frescos. Cuando se trata de autos de lujo o de negocios de
valijas, el olor a cuero se asocia con la recompensa y relajación. En algunos negocios de ropa, el olor a mar o a rosas y violetas mejora las
ventas. En el ambiente inmobiliario, el aroma a galletitas recién horneadas seduce a la gente que visita casas para comprar. En los negocios
de ropa femenina, el olor a vainilla duplica ventas, y en los de ropa masculina, el olor a miel o rosas hace lo mismo.
Al parecer, el pico para guardar en nuestra memoria los olores placenteros va de los cinco a los diez años, cuando podemos experimentar
muchos olores por primera vez. Los recuerdos de nuestra niñez representan tiempos en que éramos libres de responsabilidades y de las
típicas ansiedades de los adultos. Por ello, cuando volvemos a liberarlos a través de los olores, muchas veces los idealizamos, incluso si
hemos atravesado momentos difíciles en la niñez. Poder revelarlos años más tarde a menudo se siente como un lujo. ¿Acaso el pan horneado
o las galletitas de chocolate no nos recuerdan los buenos tiempos en lo de la abuela? Marcel Proust describía cómo el olor a las magdalenas
y el té lo transportaba a la casa de su tía en la niñez. “Cuando nada más subsiste del pasado, después de que la gente ha muerto, después de
que las cosas se han roto y desparramado, el perfume y el sabor de las cosas permanecen en equilibrio mucho tiempo, como alma,
resistiendo tenazmente, en pequeñas y casi impalpables gotas de su esencia, el inmenso edificio de la memoria.” En la internacionalmente
conocida cadena de cafeterías Starbucks, por ejemplo, no les permiten a sus empleados usar perfumes para que no interfieran con el aroma
seductor del café que atrae a potenciales clientes. Una compañía observó que las máquinas expendedoras de chocolate que emitían olor
vendían hasta un sesenta por ciento más.
Varios estudios muestran que, en general, las mujeres tienen narices más sensibles que los hombres y les resulta más fácil poner palabras
a lo que huelen. El olfato también cumple un rol fundamental acoplado con el sentido del gusto. Mucho del disfrute de una buena comida se
debe al olfato, que recibe información química de lo que se está masticando o incluso rompiendo con el cuchillo y tenedor. Esta información
es diez mil veces más sensible que el gusto de la comida. Una vida sin olfato se asemeja a la comparación de una película muda en blanco y
negro con una color full HD. Un dato curioso: en la nariz tenemos receptores para el dolor y, por ello, algunos olores nos duelen, como el
del amoníaco o los pimientos muy picantes.
El neurólogo Richard Restak sugiere a las familias o los amigos explorar juntos diferentes fragancias de forma que éstas impacten
positivamente en la memoria emocional. Otro ejercicio aromático similar: sentarse a cenar con amigos y que cada uno traiga su fragancia
favorita, pasar las fragancias entre todos los invitados y que cada persona trate de explicar por qué la prefiere y cuáles son los recuerdos
asociados con ella.
En la escuela de diseño de Stanford utilizan esencias para despertar recuerdos y generar ideas; también estimulan a sus alumnos a