Agil Mente Estanislao Bachrach.pdf

Vista previa de texto
Se puede
La persona que dice que no se puede no debería
interrumpir a la persona que lo está haciendo.
PROVERBIO CHINO
Muchas veces sentimos que no podemos cambiar. Ya vimos que en general reaccionamos a nuestros desafíos de manera conocida o
mediante respuestas ya utilizadas en otras circunstancias parecidas. Pensamos reproductivamente. Cuando tenemos la necesidad, la urgencia
de responder de modo diferente por alguna circunstancia en particular, nos es muy difícil pensar en otras alternativas. A todos nos pasa,
tenemos estos bloqueos mentales y no encontramos una forma nueva de lidiar con un problema o de manifestar alguna idea distinta, de
buscar opciones para llevar una vida diferente de la que llevamos hoy. Le pasa a un escritor, cuando se sienta a tratar de escribir una novela
y pasan días sin poder escribir una sola línea, sin inspirarse. Pero también vemos a nuestro alrededor gente que parece tener la forma de
encontrar siempre alternativas o de percibir las oportunidades de recontextualizar su vida y transformarla para tener mejores experiencias. El
psiquiatra de Harvard Albert Rothenberg dice que la única característica que tienen en común todas estas personas que parecen ser más
creativas en sus vidas es las ganas de ser, la motivación para ser más creativos o diferentes. El proceso creativo es un proceso difícil y,
como todo tipo de procedimiento, tiene sus obstáculos y también sus recompensas. Lo que hemos aprendido de la gente creativa a lo largo
de la historia es que sin el deseo de participar, sin la motivación, las ganas de pensar diferente, de encontrar nuevas ideas, este proceso no
puede ser ni siquiera iniciado. Mi sugerencia es que no comiencen si no tienen las ganas de hacerlo, sin estas últimas no podemos pensar
distinto. Muchos de nosotros consideramos la razón nuestra herramienta intelectual de más confianza o más valiosa. Nos provee un
mecanismo que nos hace creer que reduce la probabilidad de equivocarnos e incrementa la calidad de nuestras decisiones. También tratamos
de usar esta habilidad de la razón para generar ideas que valgan la pena y para poder discernir entre cuáles son buenas y cuáles son malas.
Cuando hacemos algo luego de haberlo pensado racionalmente, nos ayuda a disminuir nuestras inseguridades. Hasta hemos bautizado a esta
forma predominante de pensamiento como “sentido común”, dándole así una calidad universal. Sin embargo, el sentido común que
utilizamos para muchas de nuestras decisiones no es racional. Cuando de repente decimos: “No tiene sentido lo que hizo”, por el solo hecho
de no entenderlo, no hace a esa persona menos racional que nosotros mismos o viceversa. Nuestros pensamientos entonces no están
predominados por la razón sino, fundamentalmente, por el reconocimiento de patrones, como vimos en la primera parte. Procesamos
información nueva imponiéndonos un significado basado en contextos o significados que ya hemos asumido antes. Además, a menudo
tomamos juicios de valor o decisiones súbitas, por una especie de regla automática de pulgar para arriba o pulgar para abajo más que
mediante un análisis lógico de la situación.
Vuelvo a remarcar que nuestros patrones de reconocimiento habituales nos permiten reaccionar con rapidez en nuestro ambiente, pero la
tendencia a reforzar todas las asunciones persistentes también nos limita la mirada que tenemos del mundo, el acceso a ideas nuevas o
soluciones distintas. Somos criaturas de hábitos y nos falta con frecuencia el deseo o la conciencia de romper con esos hábitos de
pensamiento. Algunos científicos dicen que tenemos unos sesenta y cinco mil pensamientos por día y que el noventa y cinco por ciento es
igual a los de ayer y lo será a los de mañana. Si nos ponemos a pensar, es difícil probar comidas nuevas o elegir un yogur de una fruta que
no hemos comido nunca; imagínense entonces cuánto lo es cambiar la cultura de una empresa o el procedimiento de algo que hacemos hace
mucho tiempo. Nos sentimos seguros cuando controlamos. El control es necesario para manejar un auto o para abrigar a nuestros hijos
cuando hace frío pero también nos puede llevar a frustraciones innecesarias; por ejemplo, cuando tendemos a querer controlar a otras
personas o cómo ellas piensan. Nos enojamos cuando llegamos tarde a una entrevista o al laburo porque no podemos controlar el tránsito de
la misma manera que controlamos la música de nuestro iPod. Nos sentimos incompletos si no tenemos el nuevo auto, la nueva tecnología, la
nueva casa, una persona a nuestro lado que nos guste mucho o la ropa que esté a la moda; hasta podemos entrar en ciclos de sentirnos muy
estresados porque nos faltan, nos ponemos ansiosos, también por la posibilidad de perder alguna de nuestras cosas o cuando nos damos
cuenta de que al obtenerlas nos dan poca satisfacción. Entonces, volvemos a querer tener más o versiones más raras de lo que ya tenemos.
Desafortunadamente tendemos a tratar estas dos situaciones, el control y el deseo por lo externo, como algo universal. El control y la
satisfacción externa son sólo dos de un montón de decisiones que tomamos de manera súbita, aplicando la regla del pulgar para arriba o para
