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Evolución cerebral

Tenés que aprender a tocar tu instrumento. Luego,
practicá, practicá, practicá. Y finalmente, cuando estés

arriba del escenario, olvidate de todo eso y dejalo gemir.
CHARLIE PARKER

Los primeros protomamíferos —ancestros comunes a todos los mamíferos— datan de unos ciento ochenta a doscientos millones de años
atrás. Treinta millones de años más tarde aparecen las primeras aves. Ambos tuvieron los mismos desafíos que reptiles y peces: ambientes
difíciles y predadores hambrientos. Sin embargo, en proporción a su cuerpo, los mamíferos y las aves desarrollaron cerebros más grandes.
Una diferencia importante consiste en que ni los reptiles ni los peces cuidan a sus crías, algunos hasta se las comen, y típicamente llevan
una vida de solteros. Por el contrario, los mamíferos y las aves criamos a los pequeños y, en muchos casos, tenemos pareja, algunos para
siempre. Dicho en términos de neurociencia, seleccionar una buena pareja, compartir la comida y mantener a los nuestros con vida requiere
un proceso neuronal más importante; es decir, una ardilla o un loro son más vivos,

en términos científicos, que una lagartija o un salmón.

Planean, comunican, cooperan y negocian mejor. Estas últimas son las habilidades que las parejas de humanos descubren como esenciales
cuando son padres, sobre todo si quieren seguir juntos. El salto siguiente en la evolución del cerebro fue la aparición de los primates, hace
80 millones de años. Monos y simios se caracterizan por su gran sociabilidad y llegan a pasar una sexta parte del día ocupados en limpiar y
mimar a los suyos. Cuanto más éxito social obtienen, más descendencia dejan, y cuanto más complicadas se mantienen sus relaciones
sociales, más complejos son sus cerebros.
Hoy por hoy, la mejor evidencia para conocer cuándo nos convertimos en humanos es la fabricación de herramientas. Si viajáramos por
nuestra historia, podríamos decir que hace unos 2,6 millones de años nos dedicábamos a garabatear en las rocas y romperlas. Hacíamos
hachas de piedra del tamaño de la palma de la mano. Desde ese momento hasta hoy, el cerebro ha triplicado su tamaño. Un millón de años
más tarde, seguíamos con las mismas hachas de piedra, pero entonces empezábamos a hacerlas puntiagudas golpeándolas contra otras
piedras. Nuestro primer ancestro directo, el famoso Homo sapiens, apareció alrededor de cien mil años atrás, y entonces se desarrollaba el
córtex prefrontal. Luego algo increíble sucedió: cuarenta mil años atrás comenzábamos a pintar rocas, esculpir y fabricar joyas. Nadie sabe
por qué el cambio fue tan rápido y abrupto pero la mayoría de los científicos le echa la culpa a la presión natural que el clima tan cambiante
impulsó en la supervivencia de las especies. Se cree que unos dos mil individuos conformaban nuestra tribu de primeros ancestros en África
oriental. Cien mil años más tarde somos más de siete mil millones. La teoría que explica cómo crecimos tanto, dadas las circunstancias
antes mencionadas, refiere que no tratamos de vencer al clima sino de adaptarnos a la variación. No nos importó la constancia del hábitat
porque ésta no era una opción. En lugar de aprender a sobrevivir en uno o dos nichos, como la mayoría de las especies, conquistamos toda
la Tierra. Aquellos que no pudieran resolver los problemas del ambiente o aprender con rapidez de los errores no vivirían lo suficiente para
pasar sus genes, y aquellos que no cooperaran con otros miembros del clan no vivirían por mucho tiempo y quizá no lograran dejar sus
genes en la descendencia. El efecto final de esta evolución es que no nos volvimos más fuertes sino ¡más inteligentes!

Y eso sucedió

gracias a los cambios en nuestro cerebro.
Durante cien mil generaciones, desde que inventamos las hachas de piedra, aquellos genes que fomentaban las habilidades para
relacionarse y la tendencia a cooperar fueron haciéndose fuertes entre los humanos. Hoy vemos esos resultados en el altruismo, la
generosidad, la preocupación por la reputación, la justicia, el lenguaje, la moral y la religión. Esto ocurrió gracias a la interacción de dos
poderosas características del cerebro. Por un lado, una base de datos donde guardamos conocimiento, como un disco rígido, y, por el otro,
la habilidad de improvisar con esa información.
Recuerdo que cuando era adolescente tomé clases de saxo y, muy rápidamente, quería estar componiendo e improvisando temas de bossa
nova al mejor estilo Stan Getz. Ignoraba que necesitaba incorporar no sólo la teoría de la música, memorizar escalas y notas, sino también
una comprensión profunda de ese estilo musical. Tenía que llenar mi disco rígido con datos e información para poder componer. Asimismo,
para componer y mejorar mis canciones, era necesario improvisar sobre esa base de datos: usar mi creatividad. Los músicos de jazz
estudian durante años para lograr dominar las reglas, sólo para poder romperlas lo más rápido posible. Esta habilidad de poder improvisar