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Letras

El enigmático lenguaje
de las jergas
En la víspera de esta primavera, un suceso internacional, impensable hasta hace poco, atrajo la atención de
millones de personas: la visita oficial de un presidente
de Estados Unidos a Cuba. Durante la tarde del 20 de
marzo pasado, en medio de una copiosa lluvia, Barack
Obama arribó a suelo cubano. Mucho se ha escrito para
explicar la relevancia histórica de ese episodio diplomático, precedido por más de medio siglo de profundos desencuentros y duras confrontaciones, como la crisis de los
misiles que en octubre de 1962 puso a la humanidad al
borde de la guerra nuclear.
Pero dejemos los asuntos geopolíticos a los expertos y
centremos la atención en el saludo que el mandatario
estadounidense tuiteó al aterrizar en La Habana. “¿Qué
bolá Cuba”, escribió Obama, una amistosa expresión del
habla cotidiana en la isla, aunque quizás incomprensible
en otras latitudes. Frente al revuelo noticioso causado
por esas tres palabras, varios medios informativos de la
talla de la BBC de Londres se apresuraron a precisar lo
que significa “¿qué bolá?”, es decir, “¿qué hay?”, “¿cómo
estás?” o “¿qué tal?”. Algo más difícil habría sido traducir el siguiente diálogo imaginario entre jóvenes en cualquier esquina habanera:
—Asere, echa pa cá una tabla que toy en la tea.
—Deja esa trova, broder, que toy pasmao. Ayer vino la fiana y le
solté to’ a la jeva mía por si las moscas.
—No hay tema, ambia. Voy a ver al narra, que le llegó la pura del
yuma y al segurete que me salva con algo.
—Ok, socio. Voy echando...
En el idioma español común, ese diálogo juvenil sería
más o menos así:
—Amigo, dame diez pesos pues no tengo dinero.
—Olvídate de ello, hermano, que no tengo dinero. Ayer andaba por
aquí la policía y, por si acaso, le di todo a mi novia.
—No hay problema, amigo. Voy a ver al chino. Su madre llegó de
Estados Unidos y de seguro me ayuda con algo.
—Bien, amigo. Ya me voy…

abril 2016

Las peculiaridades del habla popular cubana han sido
tema lo mismo de estudios académicos de altos vuelos
que de rítmicas canciones, entre las que destaca por sus
ingeniosos giros verbales ¡Cómo me gusta hablal español!,
puesta de moda en los años ochenta por el cantautor
Pedro Luis Ferrer. La recreación del idioma, por supuesto, no es un fenómeno exclusivo de Cuba. De hecho, el
“lenguaje jergal” o “jerga” suele ser uno de los principales rasgos de identidad juvenil urbana, sea en Madrid,
Bogotá, Caracas, la Ciudad de México y cualquier otra
metrópoli de habla española, pero también con otros
idiomas como se escucha en Río de Janeiro, Munich,
Amsterdam, París y Nueva York.
El Diccionario de la Real Academia Española define la
jerga como “el lenguaje especial y no formal que usan
entre sí los individuos de ciertas profesiones y oficio”;
ejemplos de ello son las jergas médica, jurídica, tecnológica, económica, marinera y delincuencial. En sentido más amplio, por jerga se entiende una variedad del
habla que distingue a ciertos grupos para reafirmar la
pertenencia a ellos y, en ocasiones, para no ser entendida
por el resto de la gente.
De cuando en cuando resurge el viejo e interminable debate para dilucidar si las jergas enriquecen o empobrecen el idioma español. Manuel Seco, respetado especialista madrileño, considera que toda expresión lingüística
es no sólo válida sino respetable “por el hecho de existir
y servir a la comunicación”. Por definición, sin embargo,
las jergas tienen menor alcance y vigencia que el lenguaje normal, sujeto a reglas que lo hacen reconocible
por diferentes grupos sociales en todos los países con un
idioma común.
La función diferenciadora referida exige que el lenguaje
de las jergas no resulte de fácil comprensión general, sino
que más bien sea un enigma para las personas ajenas al
grupo hablante. Como toda creación humana, además,

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