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Por ello y para ello, los militantes son el capital humano con
que cuenta el partido para ofrecer a la ciudadanía y obtener su
respaldo. Será esa militancia la que, una vez conquistado el poder,
tendrá que asumir las tareas de la fase arquitectónica para la
construcción del orden deseado. Tarea determinante será, en
consecuencia, tener una militancia preparada para asumir la noble
tarea de conducir la comunidad y administrar la convivencia
humana. Estas tareas se asumen desde el Estado. Sabemos que
desde la creación del Estado Moderno, solo unos cuantos siglos
atrás, con el desarrollo de la ciencia y la tecnología, las
comunicaciones y el transporte, se ha tornado cada vez más
compleja la tarea de su administración. Por ello, que la formación
política del militante se torna una tarea obligatoria. Estoy hablando
de formación política y no de formación técnica que el militante la
adquirirá en su currículo de estudios.

En el cristianismo están los fundamentos principales de
nuestra ética política y por ello debe ser parte primordial de nuestra
formación. El militante debe ser formado en la teoría y en la
doctrina. Por medio de la teoría aprenderá a conocer cómo es el
mundo del Estado y de la Sociedad, de la Política y del Poder.
Comprenderá cómo funciona y cuál es su lógica. Por medio de la
doctrina (la nuestra) hará un juicio de valor sobre esa realidad y,
estableciendo fines y medios, mantendrá lo que haya que mantener
y cambiará lo que haya que cambiar. Por eso que, más allá de los
eslóganes, ser un partido de centro es moverse entre la estabilidad
y el cambio. Jamás la fosilización y tampoco el infantilismo
revolucionario. El partido es vanguardia en cuanto está abierto a los
cambios que experimenta el mundo. Y esos cambios los hará con