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PLACER
Los Últimos paseos por Ginebra:
Cadáver exquisito
“Cuando supo que iba a morirse, Borges debió haber sentido un irrefrenable deseo de reencontrar
su lejanísima juventud en Ginebra. De un día para otro levantó su casa de la calle Maipú, en
Buenos Aires, despidió a Fanny, la mucama que lo había cuidado durante treinta años, y se casó
con María Kodama, que era su asistente, su lazarillo, su amiga desde hacía más de una década.
Como lo había hecho Julio Cortázar en Buenos Aires dos años antes, Borges fue a mirarse al
espejo que reflejaba los días más ingenuos y radiantes de su juventud”. Estas palabras transcritas
son el comienzo de una nota homenaje que Eduardo Soriano escribió cuando murió Borges. De
ella, me gustaría profundizar un poco sobre uno de los tópicos que a veces se atribuyen a los
personajes ilustres y (aunque esta palabra sea post-borgiana) mediáticos: la muerte en exilio, o
autoexilio. Mucho se ha escrito sobre la decisión de Borges de ir a morir a Ginebra, pero creo
que la apreciación de Soriano es de las más acertadas. Borges era una persona extremadamente
reservada y melancólica. Añoraba su juventud, o lo que quedaba de ella: sus recuerdos de los
viajes a Europa, el altruismo y las influencias de los españoles durante su estancia en Madrid, su
amistad con Gómez de la Serna, su primera musa, Norah. Pero sobretodo su paso por Ginebra,
ciudad que él mismo definió: “Ginebra no es enfática. París no ignora que es París, la decorosa
Londres sabe que es Londres, pero Ginebra casi no sabe que es Ginebra”. La austeridad suiza lo
cautivaba. Una patria que no era suya, pero que creyó merecer. Para él, el verdadero atractivo
que tenía Ginebra radicaba en su solemnidad, en el respeto por el pasado y las tradiciones.
“Ginebra tiene una ventaja. Cuando pienso en Buenos Aires, me imagino una ciudad que ya
no existe, porque desde 1955 estoy ciego. En cambio, la ciudad vieja de Ginebra sigue siendo
la misma de mi juventud, incluso más protegida que entonces, porque los suizos conservan su
pasado. Entonces, es una ciudad que conozco”. Aquí entra en juego otro juicio que Soriano nos
descubre en su nota: “Es cierto que Borges se quedó ciego en 1955 (curiosa ironía del destino,
justamente el año de la caída del peronismo) y que Buenos Aires era una ciudad industrial,
anárquica y poco conservadora, pero en cualquier caso nunca fue la ciudad que él imaginó en
sus relatos”. En esto sí coinciden admiradores y detractores, y hasta él mismo, como lo demuestra
esta cita del prólogo de Evaristo Carriego: “(…) lo cierto es que me crié en un jardín, detrás de
una verja con lanzas y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses. El Palermo del cuchillo
y la guitarra andaba (me aseguraban) por las esquinas, pero quienes poblaron mis mañanas
y dieron agradable horror a mis noches fueron el bucanero ciego de Stevenson, agonizando
bajo las patas de los caballos, y el traidor que abandonó a su amigo en la luna, (…) y el genio
encarcelado durante siglos en el cantero salomónico, (…). ¿Qué habría mientras tanto, del otro
lado de la verja de lanzas? ¿Qué destinos vernáculos y violentos fueron cumpliéndose a unos
pasos de mí, en un turbio almacén o en el azaroso baldío? (...)”.
Ginebra, por otra parte, tenía lo que él ansiaba, un laberíntico y antiguo casco céntrico donde
pasear. El silencio de los parques, el aroma de la vegetación en primavera, el francés, la
cercanía con la vida o los espectros de los grandes pensadores universales, la seguridad del
conservadurismo. Según María Kodama: “Le gustaba el frío y el hecho de que los grandes
nombres del pensamiento hubieran pasado por esta ciudad. Admiraba el orden y el respeto”.
Borges había elegido, y a principios de 1986 (otra jugada del destino, para los argentinos
ese año siempre tendrá otra efeméride), al enterarse de su delicado estado de salud, marchó a
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Ginebra, a morir o a vivir su última juventud. Antes, se casó en Asunción con María Kodama,
su última compañera y más adelante su albacea, y se despidió de sus amigos. En los cuadernos
diarios de Bioy Casares (hoy libro, “Borges” Editorial Destino, 2006), una de sus páginas
recoge el momento en que Jorge Luis (Georgie, le llamaba Bioy) le anuncia su intención: “Tanto
da morir aquí o allá”, dice que le dijo. Aunque más adelante, también es cierto que en una
llamada telefónica le reveló cierto miedo: “No voy a volver nunca más”, y cortó la llamada.
Dejamos para otra reflexión lo que ocurrió después de su muerte, por qué nunca volvió su
cuerpo a Buenos Aires, a la Recoleta, como aseguran muchos amigos suyos que era su voluntad
(Roberto Alifano o el mismo Bioy Casares, por citar los dos más destacados). Para una gran
parte de la intelectualidad argentina (sobre todo la relacionada con los movimientos sociales
de los ’70) fue una muestra más, la última por cierto, del desafecto que Borges sentía por su
país. Sin embargo, a través de su obra se puede argumentar que ese desamor no fue tal. ¿Tomó
partido María Kodama en esa decisión? ¿Fue realmente una decisión del mismo autor? ¿Los
pormenores burocráticos retardaron tanto el traslado como para enfriarlo o imposibilitarlo?
Éstas son preguntas que ya no tienen respuesta, quizás el último laberinto que Borges legó a sus
lectores y biógrafos, que ya no tienen sujeto, a los que sólo les queda la literatura.
