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PLACER
DESCUBRIR BORGES
¿Qué puede pasar cuando un grupo de intrépidos intelectuales, rapsodas de reconocido (o
no) talento, fotógrafos trasnochados, matemáticos con ínfulas literarias, libreros de profesiones
dudosas, etc., deciden realizar un tributo a Borges y te piden que colabores con ellos? Tú,
sorprendido e inculto sacamuelas, aceptas encantado, pues Forges siempre ha sido objeto de
tu admiración. No es hasta bastante después que te das cuenta del error fonético y por qué
negarlo, cierta inquietud te asalta. Por suerte, te dices, con la ayuda del todopoderoso Google
podrás salir del paso más o menos airosamente. Pero cuando haces click en la primera entrada
y vas a la página de Borges (¡con B!) de la Wikipedia, la inquietud empieza a transformarse
en algo muy parecido al pánico: que haya en ella 17 capítulos, algunos con títulos tan inesperados como “Borges y el ultraísmo” o “Borges, ciencia e internet” confirma el lío en que te has
metido. Llegado a este punto, tu reacción no es otra que la de apagar el ordenador y empezar a
buscar excusas con las que justificarte ante tus amigos. Pero la sombra del escritor argentino es
alargada, sobre todo en los tiempos de internet. Más aún si, inconsciente de ti, en el momento
de teclear “descubrir Borges” no habías cerrado antes tu sesión de correo o tenías una sesión
abierta en Google Maps. El daño ya está hecho y durante los siguientes días, cualquiera que
sea la actividad que quieras realizar, la pantalla de tu ordenador te recordará el compromiso
adquirido con los “lletraferits” de Sant Feliu de Llobregat.
Así, al abrir tu correo electrónico, por algún extraño algoritmo informático, en una esquina de
la pantalla aparece el autorretrato de una artista plástica que desconoces, pero que te recuerda
enormemente a la cantante que más te seduce en los últimos tiempos (¿tal vez porque te recuerda a tu primera novia?). Al fin, no puedes evitar clicar sobre la foto e irremediablemente deseas
estar en el Centro Cultural Borges de Buenos Aires, pues el autorretrato es el cartel de la exposición que ahí tiene lugar estos días. Intentas, entonces, refugiarte en Facebook. Sin embargo,
aunque no recuerdas haberle dado like a ninguna publicación de Turkish Airlines, se te intenta
convencer que vueles con ellos, en 19 horas, hasta la ciudad de Ashdod en Israel, donde debes
hospedarte, justamente, en Jorge Luis Borges St. Acercas el cursor, y desde la calle Borges, tras
“cruzarte” en un paseo de lo más literario, con Goethe y Tolstói, te acercas a orillas del Mediterráneo. Pero cuando ya estás a punto de mojar los pies en el mar, tocas involuntariamente una
tecla que no debías, y eres google-transportado en dirección Este hasta el barrio de Pitampura,
en Nueva Delhi, donde la gente de Google Maps, por alguna extraña razón, piensa que estás
muy interesado en comprar algo en Borges Store. Es fácil que todos estos nombres te sorprendan y atraigan, pero al indagar un poco más, saltan las alarmas de tu antivirus y no consigues
descubrir qué podías haber comprado ahí.
Más tarde, cuando consigues reiniciar el ordenador y reemprender tu viaje virtual, tras haber
esquivado la tierra de los ancestros de la Doña, apareces aún más a la derecha y casi abajo
del todo en el mapa: en un lugar de Melbourne cuyo nombre es Borges Australia. Eso sí, no te
preguntes si se trata de una librería o un salón de tango, porque Google, la única opción que te
ofrece es la de “reclamar esta empresa”. En fin, lo cierto es que a estas alturas, a quien piensas
que van a reclamar es a ti por no haber redactado aún el texto sobre Borges y, para colmo, un
jetlag nada virtual te tiene casi KO. Por suerte, aún aciertas a teclear las únicas palabras que a
estas alturas tus mareadas neuronas consiguen asociar: Borges y Descanso. Es entonces cuando un avioncito traza una parábola de Melbourne a Ginebra y esbozas una plácida sonrisa:
siempre has preferido nadar en lago que en río, y afrancesado como eres, el Leman te parece
una excelente alternativa al Llobregat.
PLACER
