Arquitectura domestica romana.pdf

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cuenta numerosos cambios en la sociedad del Bajo Imperio. En este período se acentúan
las diferencias sociales. Los grandes señores aumentan la distancia respecto a sus
inferiores con estrictas reglas de dignidad cortesana imitando la rígida codificación de las
ceremonias imperiales. La aparición pública del dominus se produce con toda la pompa
en el marco sacralizante de las basílicas privadas.
Existen también profundas modificaciones en la concepción del cuerpo. Frente a
la valoración clásica de la belleza del cuerpo atlético y desnudo, la ideología cristiana
refuerza la noción de pudor y desprecio por lo corporal. Por otra parte no debemos
olvidar que desde el comienzo del arte representativo en Roma existió y persistió con
gran fuerza una corriente, que Bianchi Bandinelli denomina arte plebeyo romano, que no
se preocupó por la mímesis sino por la espontaneidad, la cotidianeidad. La aparición de
las letrinas privadas se ubican dentro de este contexto histórico-estético, además, por
supuesto de la comodidad implícita. Pero no sería esto lo esencial, sino que la dignidad
del poderoso se ve rebajada al compartir las necesidades de todos en un lugar público. El
mismo concepto se puede aplicar a las termas privadas. No es lo mismo aparecer ante su
clientela con un atuendo espléndido y rodeado de un aura de misterio en la ceremonia de
la recepción, que ser visto desnudo o apenas cubierto en las termas de la ciudad.
Entre las restantes habitaciones de la casa son pocas las que podemos identificar
con facilidad, con excepción de los dormitorios, el cubiculum. Sabemos por los textos
que las grandes domus tenían también habitaciones para huéspedes, pero es difícil
identificarlas sobre el terreno. Otros sectores siguen siendo desconocidos, no sabemos
dónde se alojaba el abundante servicio doméstico, quizá se tiraban simplemente en un
camastro que se desplazaba de acuerdo a las necesidades.
Los habitaciones de la vivienda se vinculan entre sí a través de corredores,
elementos de transición y cerramientos que permiten compartimentar los distintos
espacios de acuerdo a las necesidades. Los vestigios permiten afirmar que se usaban
puertas en los espacios intercomunicantes; el triclinio se abre para los festines vespertinos
pero el resto del día permanece aislado del resto de la casa. El espacio central del peristilo
se reserva para las actividades domésticas y los ocios de los habitantes. Las cosas pueden
cambiar en función de las horas del día. Por la mañana se recibe la visita de clientela, y se
abren los espacios destinado a ese fin, vestíbulo, basílica; en cambio, al atardecer se abre
el triclinio o la exedra de recepción para recibir a los invitados para la cena. Papel
decisivo en la compartimentación de los espacios jugaron las tapicerías. Los cortinados
permitían, por ejemplo, cerrar los intercolumnios del peristilo para preservar la intimidad
de un ala del patio y asegurar el aislamiento de las personas ajenas al festín. La difusión
de las tapicerías se vincula a la creciente jerarquización social de la época. San Agustín 22
menciona el hecho de que cuanto más se eleva el rango de un personaje, más abundantes
son los cortinajes que cuelgan en su casa (Sermón LI,5) y también lo vincula con la
dignidad del obispo con su trono adornado de ricos tejidos. La Iglesia va conformando en
ese entonces un aparato ceremonial similar al del paterfamilias recibiendo a sus clientes,
quien a su vez recuerda el complejo ceremonial que se fue elaborando progresivamente
en torno al Emperador.
22
San Agustín (354-430) nacido en Numidia, actual Argelia, fue obispo de Hipona, sus principales obras
son Confesiones y La ciudad de Dios y Tratado de la Gracia.
