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—Sí, hijo, es cuasi peor que la sequía. Cuando el viento es favorable avanzan doscientos kilómetros cada día.
—Y se llueve, ¿llegarán hasta aquí las langostas?
—No creo, hijo. Aquí no hay nada que arrasar, ni nada que comer. En este árido desierto, no crece apenas nada. Vi plagas
de langosta cuando estábamos en nuestras tierras.
Ahora, según el abuelo, estamos en tiempo de sequía. Hace años que no llueve. Ni por aquí, ni donde pastorea mi padre
con los camellos. Papá pasa mucho tiempo fuera de casa, se va con otros hombres del campamento y sus rebaños y
tarda meses en volver.
Dice el abuelo que se nos mueren muchos camellos porque no hay agua. Tienen que ir a pastar muy lejos. Tan lejos, que
mueren de sed y de hambre por el camino. Yo no quiero que mi rebaño se muera.
Esta mañana he hecho otro de mis dibujos. Mi rebaño. Las cabras y los camellos, rodeados de cactus, de palmeras, de
áloes, de acacias… Hasta he dibujado un baobab en el centro.
—Eres bobo, Abdulá —se burla mi hermano—. Bobo, más que bobo. Eso que has dibujado no existe. Pero yo sé que sí
existe, me lo ha contado el abuelo. Y me lo ha enseñado en su libro. Dice que eso es un oasis.
El abuelo es sabio.
—Algún día, verás todos esos arbustos y árboles juntos, y podrás pintarlos de color verde. De muchos verdes distintos.
Ese día, Abdulá, ese día seremos libres.
Mientras no llegue ese día, mi oasis, como mi rebaño y mi mar, será del color de la arena. En cuanto se despierte el
viento de la tarde, sé que mi oasis color arena desaparecerá. Como desaparecen todos mis dibujos. Se los lleva el viento.
Pero entonces haré otro dibujo: mi hermana mayor amasando el pan. O mamá preparando licor de dátiles.
Estoy dibujando en la arena, frente a nuestra jaima. Llega la maestra y me sonríe. Entra y habla muy rápido con mi
madre. No entiendo lo que dice. Poco después, sale precipitadamente y me coge de la mano.
—Abdulá, tengo una sorpresa para ti. Ven. ¡Corre! Tengo que dejar mi dibujo a medias. Me da rabia. Sé que, antes de
que se lo lleve el viento, mi hermanita pequeña lo pisará. Y ni siquiera se dará cuenta.
La maestra me ha llevado casi a rastras a la escuela. En la puerta hay un camión. No es el camión de siempre, el del agua.
Hay unas personas que no hablan en mi lengua. Descargan grandes cajas. La maestra ha abierto una de ellas y me ha
enseñado su contenido.
—¡Mira, Abdulá! —exclama, radiante—. ¡Papel! ¡Lápices de colores! ¡Fíjate, cuántos colores! ¡Y pinturas! Todo tipo de
pinturas. ¡Libros y cuadernos y pinceles!, ¡y tijeras, y…! En Los ojos de Maima hay un brillo especial.
Yo no sé qué decir. Estoy fascinado. Una de las señoras me mira sonriente y me dice con acento extranjero:
—Me han dicho que te gusta mucho dibujar… A partir de ahora tendrás siempre lápices de colores y papel. ¿Te apetece
que dibujemos juntos? Salgo de mi hechizo. ¡Tengo que ir corriendo a contárselo al abuelo!
Y mientras no llega ese día que el abuelo espera, pintaré de mil colores mi rebaño, mi oasis, mi mar… ¡Y muchas cosas
más que ya no se llevará el viento!
Aunque, por si acaso, seguiré dibujando en la arena. Si Nadjma se pierde, siempre podrá volver al corral. Eso, si no se
despierta el siroco y se lleva mis dibujos del color de la arena.
