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Y en el silencio escucharon la sirena de la niebla y miraron la bruma y el mar. De repente, Sarah se quitó la flor que
llevaba en el pelo, la misma que había guardado del funeral de su abuelo, y la lanzó lejos, al mar.
—Cuando sea grande y tenga un hijo, yo también lo traeré aquí una noche —dijo Sarah.
—Estoy seguro de que lo harás —le contestó su papá.
Y cubiertos de rocío, y envueltos en el olor a mar, regresaron a casa entre la niebla.