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20. EL COLOR DE LA ARENA
Dice mi abuelo que el mundo es muy grande.
Tan grande que si juntara todos nuestros rebaños mil veces aún quedaría espacio para muchos otros rebaños, mil veces
como el nuestro. A mí me gusta dibujar los rebaños en la arena.
Todos los camellos y las cabras tienen el mismo color en la arena. Pero yo sé que cada camello es distinto. Que cada
cabra es distinta. Al atardecer, cuando encierro las cabras en el corral, sé siempre si falta alguna. Y sé cuál falta. Lo sé por
el color de cada animal, y por los dibujos que hay en su piel. Hoy he echado en falta a Nadjama. Tiene una mancha
blanca en la frente, en forma de estrella.
En la arena puedo dibujar a Nadjama, pero no puedo pintarle de blanco la estrella. Cuando pierdo a Nadjama en las
dunas, vengo desde allí dibujándola en la arena. Cada pocos pasos me paro, me agacho y hago su dibujo con el dedo. Y a
su lado, el corral. Si ella ve mis dibujos, los sigue hasta volver al corral. Eso si no se despierta el siroco y se me los lleva.
Mi madre dice que las cabras no miran los dibujos de los niños en la arena. Pero yo sé que Nadjama sabe volver sola
porque sigue mis dibujos. Nadjama tiene hambre. El resto del rebaño, también. Lo sé porque come los cartones y el
papel que encuentra por ahí. Dice el abuelo que no recuerda una época de sequía como la de ahora.
El abuelo es sabio, porque ha vivido muchos años y sabe muchas cosas. A veces me cuenta historias que casi parecen
imposibles de creer. Cuenta que, cuando tenía mi edad, llevaban las caravanas de camellos hasta el mar. Pero eso fue
antes de la guerra. Una guerra que, según cuentan los mayores, nos sacó de nuestras tierras y dejó al abuelo cojo para
siempre.
El abuelo dice que el mar es azul. Yo nunca lo he visto. Pero lo he dibujado en la arena. Mi mar no es azul. Es del mismo
color que las cabras y los camellos: del color de la arena. Dice también el abuelo que el día que yo vea el mar, podré
pintarlo de azul, y que ese día seremos libres. Yo no sé cuándo veré el mar. Pero me gustaría pintarlo de azul.
Tampoco tengo lápices de colores. Antes, había una caja en la escuela. Pero poco a poco los lápices se fueron haciendo
chiquitos, hasta que no podíamos cogerlos con nuestros dedos. No teníamos lápices, pero aún quedaba papel y yo hacía
los dibujos con ceniza. La cogía del brasero, sin que mi madre se diera cuenta. Después de tomar el té, cuando ella
recogía los cacharros, yo me acercaba y me llenaba los bolsillos de ceniza aún caliente. Alguna vez, hasta llegué a
quemarme.
Poco después, se acabó también el papel y entonces dejé ya de recoger ceniza para pintar. Maima, la maestra, era la
única que tenía un lápiz. Era un lápiz extraño, muy grueso y de color blanco. Lo llamaba tiza. Ella dibujaba con la tiza una
letra en la tablilla de madera y nosotros la teníamos que copiar en el suelo con un palito. Si no teníamos palitos, lo
hacíamos con el dedo. Decía la maestra que si nos gustaba dibujar, también nos gustaría escribir.
—Los dibujos significan cosas. Y las palabras también.
Pronto aprendí a escribir. Mis primeras letras se las llevó el viento… Ese día, había tardado mucho en dibujar mi nombre.
Con mucho cuidado, había trazado con el dedo mi nombre en la arena. ¡Estaba escribiendo! Quería que mi padre, mi
madre, mi abuelo y mis hermanos y mis hermanas vinieran a ver mi primera palabra escrita. Después de clase, corrí
alborozado a la jaima:
—¡Mamá, papá, abuelo! ¡Ya sé escribir, ya sé escribir! Venid todos… ¡Mirad!
Y cuando llegaron, el viento se había llevado mis letras. Mis primeras letras, mi primera palabra… «Abdulá», que es como
me llamo. Allí donde antes estaba mi nombre, sólo quedaban pequeños montículos de arena, uniformes, perfectos. Ni
rastro de mis letras. Me eché a llorar.
—¡El viento es un ladrón!
Ese día comprendí un poco al abuelo, cuando siempre me decía que en el desierto todo es efímero, fugaz.
—Hasta las estrellas, hijo mío. Yo miraba al abuelo sin entender nada.
—Hoy hay sequía, y lloramos por querer lluvia. Mañana vendrá la lluvia y lloraremos por las plagas de langostas, que
arrasan todas las cosechas a su paso. Y a mí me parecía que ese «mañana» nunca llegaba.
Yo he visto llover tres veces. Casi no me acuerdo. Era muy pequeño la última vez que llovió. Acostumbrado a las
tormentas de arena, recuerdo que el agua me molestaba.
—Papá, ¿has visto alguna vez una plaga de langostas?
