Desarrollo emocional 0a3 simples.pdf

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Aunque el niño no hable, comunica y entiende las miradas, las sonrisas y los gestos del adulto que
interactúa con él. La comunicación no verbal o preverbal* es fundamental en la interacción entre el
niño y los adultos. Se trata de gestos y vocalizaciones que pueden durar segundos, que el niño capta
y a los que les da significado. Se apropia de ellos como modo de comunicación y va formando representaciones mentales y recuerdos de la experiencia subjetiva de estar con otra persona, precursores
necesarios para la organización del lenguaje verbal.
A esto se agrega lo que los neurolingüistas llaman la protoconversación*: intercambios repetidos
del adulto que sincroniza sus gestos y vocalizaciones con las conductas innatas del bebé. De esta
manera les da un sentido y los introduce en la lengua “materna” y en la cultura.
Sabemos que los bebés tienen un apetito particular por la entonación, los picos prosódicos, los tonos
agudos y el timbre de la voz. A esta forma que toma el lenguaje de las madres se la denomina mamanais (en francés) y motheress (en inglés). Aquí, podríamos llamarla mamañol. Y como se trata de un
lenguaje universal, tendrá una denominación y una forma propia en cada lengua.
En esta temprana interacción, el cuidador primario habla por él y por el bebé. Pregunta y contesta.
Brinda un sentido y una entonación particulares, casi como una canción, que es propia de cada
relación y cada vínculo. Esto es producto de una relación empática. Transmite placer y sorpresa. Es
un juego vocal.
Entre los 3 y los 9 meses, las formas de intercambio varían en relación con la mayor independencia
que adquiere el niño. Luego, al desarrollar la motricidad fina*, muestra franco interés en los objetos y
en su manipulación, y disminuyen las interacciones con la mirada. Hacia la segunda mitad del primer
año de vida, los objetos se vuelven el foco del juego entre padres, debido al desarrollo motor que le
permite al niño alcanzar los objetos y desarrollar competencias sociales.
El triángulo primario —tradicionalmente dado por el grupo madre-padre-niño— es el nicho ecológico* para el desarrollo. Entre los 7 y los 9 meses de edad, surgen las interacciones en las que el
bebé combina la comunicación sobre objetos y acciones. En este momento el niño da un importante
salto. Comienza a darse cuenta de que él y sus padres tienen algo en la mente, ya sea el foco de
atención de los padres, por ejemplo en un objeto o evento; o una intención o un sentimiento interno.
Estos estados mentales del niño y los adultos pueden ser similares o diferentes, compartidos o no.
En las interacciones triádicas (entre el bebé y dos adultos) se manifiesta esta nueva posibilidad de
manera no verbal. Un niño de 9 meses, por ejemplo, coordina su atención con su mamá siguiendo la
línea de la visión de ella y señalando un objeto. Puede intentar lograr que la atención de su madre se
dirija a ese objeto insistiendo o señalando. Del mismo modo, es muy importante que se compartan
sentimientos internos cuando hay intercambios sociales y señales afectivas con ambos adultos, y
observar cómo estos realizan un intercambio afectivo entre ellos. El bebé puede mirar a su mamá y a
su papá invitándolos a jugar con un juguete y disfrutar juntos. Si la madre o el padre responden, queda
confirmado para el bebé que él pudo compartir esa experiencia con ellos. En estas estrategias entran
en juego mecanismos emocionales y cognitivos complejos 9.
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9 Fivaz-Depeursinge, E. y E. Corboz-Warnery (1999): The Primary Triangle: A Developmental Systems View of Mothers,
Fathers, and Infants. Nueva York: Basic Books.
