APUNTES 5. Noviembre 2013.pdf


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El calentamiento global, políticas de austeridad que al
final deberán de contarse en millones de vidas humanas
sacrificadas en la borrachera del capital financiero.
En lo que no hay duda es que la guerra de baja intensidad
entre el gobierno y los narcotraficantes tiene un principio
fundamental: la ganancia que se obtiene del tráfico de
drogas. En ella se ponen en juego la información con
medios tecnológicos, la militar y el juego de compra de
agentes y policías llega incluso hasta la competencia
electoral, donde ninguna formación política escapa.

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Los profundos problemas sociales, económicos y
políticos en que vive México son los elementos que han
orillado a esta guerra. Dicen los expertos que en la
Guerra de Baja Intensidad sobresalen cinco criterios para
que dicha guerra subsista: tiene el objetivo de tener el
dominio político el cual queda de manifiesto con los
vínculos de los narcos y los candidatos de los diversos
partidos, donde sus operadores han llegado a ocupar
cargos de gobernadores. Tienen, a pesar de sus
contradicciones, unidad de acción, al enfrentar de
manera variada en diversas regiones, a los cuerpos
militares y policiales del Estado. Se adaptan a las nuevas
estrategias de guerra y se ve en el uso de tecnologías y
armas con mayor potencia de fuego. Se legitiman con el
pueblo en la medida en que muchos de sus recursos son
inyectados a la economía informal resolviendo
necesidades que el Estado no resuelve: salario para las

familias e infraestructura en algunos lugares o lo peor,
apoyando vía limosnas viajes del propio papa Ratzinger y
si vemos la perseverancia de su accionar, el narco lleva
desde Salinas de Gortari, más de 24 años guerreando
contra las fuerzas del orden, en lo que hasta hoy se
comienza a reconocer como “Guerra de Baja Intensidad”.
Esta guerra, como en todas, debe de tener un ganador y
un perdedor, pero antes de que termine existen daños
colaterales que desde los viejos tiempos se cuentan para
valorar el triunfo verdadero.
La historia cuenta de Pirro, rey de Epiro, el cual, en varias
ocasiones, ganó guerras a un alto costo de sus propios
hombres y haberes, desde entonces, se es dado en
llamar: triunfo pírrico a todo aquel que se obtiene con
grandes pérdidas del triunfador.
Ésta guerra calderonista, ha dejado sembrado el país de
miles de cadáveres que no se ven en guerras modernas
convencionales; pero además, tampoco se sabe y el
gobierno lo oculta muy bien, cuántos de los muertos son
simples víctimas del fuego cruzado entre militares,
policías y delincuentes, porque, como se señaló líneas
arriba, se volvió un eufemismo criminal, que las propias
autoridades simplemente señalaran que los muertos
“eran delincuentes”, para tirarlos a la fosa común y no
detener a ningún responsable de la violación de los
derechos humanos de esas víctimas.