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En París fue la novedad. Se le dispensó una
admiración supersticiosa. Se lo disputaron
las lindas francesitas como a un extraño
amuleto, con algo de temor, algo de curiosidad y quién sabe qué extraño sensualismo
salvaje.
Una vez el loco Romano lo fue a buscar a
una dirección que el mismo José Leandro
le había dado.
Llegó frente a un suntuoso apartamento y
pensó: “Me habré equivocado”. Y allí, su
sorpresa no tuvo límites. Ante la invocación
de una doncella a quien lo único que se le
entendía era “monsieur Andrade”, apareció
José Leandro vistiendo un regio kimono de
seda, en aquellas habitaciones llenas de
pieles, de estatuitas, de “abat jours» y perfumes.
(Fuente Julio Cesar Pupo)
ORO CELESTE
ANDRADE
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