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Revista Número 3
KAMINU LIMAY



Señor alcalde, vengo a que me dé una orden para llevar un
ataúd a Chuza”, me expresó con nerviosa voz y rostro fatigado
el comisario de esa vereda, el “Tuerto” López, que era un viejo
liberal al que, tan pronto me posesioné como alcalde, en 1978, lo
nombré mediante Decreto, porque en elecciones siempre hacía
campaña por el figueroísmo, movimiento al que, de principio a fin,
pertenecí en mi actividad política. Por obvias razones, lo apodaban
el “Tuerto” López. Dicen que un desocupado le impactó el ojo con
una cauchera, por lo que perdió la visión, quedándole con apariencia
de un mote (maíz cocido y florecido).
La orden que pedía el comisario iba dirigida al loco, Alberto
Pantoja, carpintero fabricante de ataúdes y quien los suministraba
al municipio para personas de escasos recursos. Alberto Pantoja era
de buena familia, casado con Esther Flórez, con quien tuvo cuatro
hijos: la profesora Carmelita, Gerardo, Eduardo, ambos aviadores,
y Efraín, con quien conformaron el trío musical “Macarena”
(año: 1963), que nada tenía que envidiar al trío “Los panchos” de
México, dicen los entendidos. Por esos tiempos, estaban en furor
las serenatas bajo los balcones, donde matas y flores resaltaban en
las noches de plenilunio y al trinar de las interpretaciones, como
Perdón, Cataclismo, Únicamente tú, Plazos traicioneros, Bendito
amor... las admiradas señoritas despertaban para encender una vela,
como lo hacía la escultural Lola Mambo en la casa quinta del padre
Concha, (ahora residencia de doña Guadalupe Noguera de Caicedo).
La orden del ataúd se hizo efectiva y el Loco Alberto entregó la
caja mortuoria, que llevaron hasta Chuza, donde había muerto el
conservador Hermógenes Botina, un corpulento indio, que pesaba
123 kilos porque comía sancocho espeso y, para las duras jornadas
de labrador de la tierra, se tomaba dos puros de guarapo. Al parecer
murió de infarto, porque la cirrosis le había comprometido hígado,
riñones y corazón... murió hinchado, me informaron.
Mientras familiares y vecinos se solidarizaban para el entierro, en
El tambo (en el casco urbano), Servio Solarte, con maracas en mano
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