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Dr. MÁXIMO PERCOVICH
lo que tiene que ver con letra y música respectivamente- habían compuesto en
1926 con el especial objetivo de que fuera cantado por Gardel. Se dice que antes
de que la interpretación acabara, tuvo su origen una batalla con trozos de pan que
luego pasó a mayores, oportunidad que aprovechó Andrade para enfilar hacia
Orsi a los efectos de cobrarle el pisotón; el argentino respondió asestando un
certero golpe de violín –un “Stradivarius” prestado- en la cabeza del uruguayo.
Gardel desapareció como por arte de magia del cabaret –que irónicamente se
llamaba “El Garrón”, y de cuyo dueño era socio un famoso bandoneonista bonaerense de nombre Manuel Pizarro- y los argentinos hicieron lo propio de la
capital de Francia antes de que Orsi pudiera ser detenido por la policía107. Pero la
bronca, lejos de acabar en aquella anécdota parisina, se proyectó en los acontecimientos de los años inmediatos. Y pronto se dibujó en el horizonte el primer
torneo mundial de la historia, que como dijimos tuvo como corolario una nueva
final con triunfo uruguayo.
Como también hemos visto en este mismo trabajo, la superioridad ostentada
por Uruguay y Argentina en los últimos Juegos Olímpicos fue uno de los motivos -obviamente no incluido entre los declarados públicamente- por los que los
seleccionados europeos más fuertes decidieron no acudir al campeonato organizado en Montevideo, hecho que favoreció todavía más el protagonismo
rioplatense en su desenlace.
En función de todo lo comentado al respecto en lo que va del libro, ya sea refiriéndonos a hechos relevantes o intrascendentes, queda claro que es muy difícil
imaginarse a estas dos escuadras enfrentándose sin pretender ganarse mutuamente. Mucho menos aún lo es pensar en sus integrantes actuando sin exhibir un
gesto fiero ante la derrota, o con la bronca infinita por aquel eventual balón que
salió desviado junto a un poste cuando la lógica y la necesidad indicaban que
debía anidarse en el fondo del arco.
Pero la realidad muchas veces se ha encargado de desmentir el concepto de
imposibilidad, y eso fue precisamente lo ocurrido en el Estadio Centenario el 14
de noviembre de 2001 –justamente en el año en que se conmemoraba un siglo de
aquel encuentro pionero de los goles de Bolívar Céspedes y Cecil Poole-, cuando las cosas fueron bien diferentes. Ese día tanto uruguayos como argentinos
tocaron la pelota para los costados, evitaron anotarse entre sí más goles de los
necesarios y terminaron saludándose con besos y abrazos que nada agregaron al
clima de caballerosidad que imperó durante los noventa minutos que duró el
partido
Aquel juego correspondía a la última fecha de la fase eliminatoria para Japón
– Corea 2002. Ya se habían disputado dos ruedas en las que los diez seleccionados sudamericanos se confrontaron en régimen de todos contra todos; durante las
mismas Argentina había funcionado muy bien y Uruguay bastante mal. Las
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Barbero Raúl E. - Historia de los Mundiales de Fútbol – Fascículo 2 - Obra ya citada - La
referencia a este episodio la hizo el propio Orsi a El Gráfico
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