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LOS CAMPEONATOS MUNDIALES DE FÚTBOL: UNA FORMA DIFERENTE DE CONTAR LA HISTORIA

Tanto desinterés condujo al temor de que el campeonato pudiera quedar sin
efecto, o quizá apenas alcanzara el exiguo rango de una justa continental. Para
colmo, el 8 de marzo de 1930 se difundió la falsa noticia de la renuncia de los
uruguayos a continuar con el proyecto. Ante tal eventualidad, Rimet llegó incluso a considerar la organización en Europa de un torneo de similares
características al de Montevideo, para que luego ambos vencedores se cotejaran
para coronar al primer campeón del mundo. Tras el rechazo de esta última propuesta, el presidente debió poner en juego todo su prestigio e influencias para
finalmente asegurar la comparecencia de cuatro selecciones europeas y de Egipto, aunque este último desistió por no contar con los medios necesarios para
presentarse a jugar en tiempo y forma. Puede decirse que Francia accedió por la
obligación que significaba ser el equipo de la patria de Rimet, mientras a Bélgica lo convenció la insistencia de Rudolf Seedrayers, uno de los vicepresidentes
de FIFA; la inscripción de esta selección, la primera recibida de una nación europea, se concretó a falta de tan solo setenta y ocho días para que se echara a
rodar el balón. El rey Carol de Rumania comprometió personalmente la asistencia de su país, encargándose él mismo tanto de elegir a los jugadores como de
gestionar sus respectivas licencias ante los directores de la empresa petrolera en
la que la mayoría de ellos trabajaban.
Pero Uruguay tampoco ahorró esfuerzos, sobre todo a la hora de sumar concesiones económicas. La decisión de otorgar un pago de 4000 dólares a cada
selección por participar no fue un hecho menor, puesto que la Asociación Uruguaya de Fútbol ya corría con todos los gastos organizativos, hacía frente a la
erogaciones de traslados y estadía de todas las de delegaciones, pagaba un viático diario de 0,50 dólares a cada integrante de las mismas y, como ya hemos
visto, debería cubrir con sus propios fondos cualquier tipo de déficit que llegara
a producirse. Los equipos visitantes también hicieron su propio “sacrificio”,
aceptando renunciar a trasladarse en primera clase como estaba convenido de
antemano a cambio de cobrar para sí la diferencia de 3760 francos suizos que se
ahorrarían por viajar con una comodidad inferior.
La pregunta que se impone entonces es en dónde estarían los beneficios que
justificaran tanto esfuerzo y dedicación en pos de la causa emprendida. Obviamente que en un mundo sin televisión, las ganancias se reducían a los montos
ingresados por las recaudaciones. Con ese único dinero -una vez deducido el
10% que se debía entregar a la FIFA- se pagaría todo lo convenido y, si existía
algún remanente, el mismo se repartiría entre todos los participantes en forma
proporcional a la cantidad de entradas vendidas por cada uno.
Podemos concluir entonces que si Uruguay se hizo cargo del primer torneo
mundial de fútbol, fue mucho más por el afán de demostrar su capacidad organizativa y ratificar su superioridad futbolística que por ganar dinero. Por supuesto
que hoy la realidad es totalmente diferente, siendo lo primordial el negocio de
unas cuantas empresas multinacionales que ponen a disposición millones de
dólares a cambio de obtener retribuciones ampliamente superiores a lo invertido.

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