LOS CAMPEONATOS MUNDIALES DE FUTBOL MPERCOVICH.pdf


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Dr. MÁXIMO PERCOVICH

Mitre y Rincón. En dicho lugar –situado en la zona más movida del barrio conocido como la Ciudad Vieja, por entonces pleno centro de Montevideo- se
encontraba el Hotel Colón, puntualmente en el número 640 de la segunda de las
calles nombradas; éste era el sitio elegido como hospedaje por la delegación
argentina. Hacia allí fueron confluyendo algunos porteños ebrios, los que al
vivar a sus jugadores consiguieron que estos se asomaran a los balcones del
edificio para saludar. Obviamente que en el lugar había uruguayos, algunos de
ellos con claras huellas de haber también ingerido alcohol. Parece ser que se
fueron formando dos grupos, uno por cada nacionalidad, y que de las mutuas
bromas pesadas se pasó primero a los insultos, luego a las pedradas y finalmente
a los golpes de puño. La riña callejera tuvo su trágico final cuando se escuchó el
característico sonido de un arma de fuego, los argentinos se introdujeron todos
rápidamente en el hotel y en el medio de la calle -alcanzado por una bala calibre
38- quedó tendido el cuerpo de un empleado bancario uruguayo de 26 años de
nombre Pedro Demby. “El herido parece que es uno de esos fanáticos que, para
mal del sport, no faltan en estos certámenes”, escribió el diario La Nación de
Buenos Aires. Tras atravesar la garganta y el cuello de la víctima, el proyectil
rebotó en una pared y alcanzó a rasguñar a un arquitecto también oriental llamado Aníbal Loy.
La policía montevideana actuó prestamente para proteger a los jugadores e
hinchas visitantes, evacuándolos con rapidez hacia la Dársena B del puerto de
Montevideo. De allí zarparon poco después en viaje de retorno a su país, ocultando entre ellos al autor del disparo. Demby, luego de ser trasladado primero al
hospital Maciel y después al sanatorio Navarro, murió a las tres de la madrugada
tras una cirugía de emergencia que fracasó en el intento de salvarle la vida.
El jefe de policía, Juan Carlos Gómez Folle, se había contactado inmediatamente con sus colegas porteños para informarles de que el asesino estaba a bordo
de un barco que en poco tiempo arribaría a Buenos Aires; sin embargo, al otro
lado del río nadie emprendió ninguna acción pertinente. En función de tanta falta
de colaboración y desidia, Gómez investigó personalmente durante algunos días
y al cabo de ellos elaboró un plan cuya ejecución encargó a Lorenzo López, su
segundo jefe de investigaciones. Éste se trasladó el 22 de noviembre a Buenos
Aires para, luego de identificar al criminal, localizarlo el día 24 en su propia
casa. Entonces López se apersonó al mismísimo Ministro del Interior argentino
para pedirle, en nombre de la policía uruguaya, que prendiera a un tal José Lázaro Rodríguez. Así ocurrió, y tras ser conducido ante un juez, Rodríguez fue
remitido a la cárcel de Villa Devoto el 26 de noviembre. Sin embargo se cree que
la detención del homicida no se extendió por mucho más de un año y medio, sin
que jamás se efectuara la extradición a Uruguay.
Demás está decir que a la policía bonaerense le pareció improcedente la acción de sus vecinos, llegando incluso a considerar un rompimiento de relaciones
con estos. Por su parte los futbolistas de la selección argentina, quienes en su

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