1965 12 07, Concilium Vaticanum II, Constitutiones Decretaque Omnia, ES (1).pdf

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de los niños, condición de trabajo, seguridad social y tributos; que se ponga enteramente a
salvo la convivencia doméstica en la organización de emigraciones.
Esta misión la ha recibido de Dios la familia misma para que sea la célula primera y
vital de la sociedad. Cumplirá esta misión si, por la piedad mutua de sus miembros y la
oración dirigida a Dios en común, se presenta como un santuario doméstico de la Iglesia; si la
familia entera toma parte en el culto litúrgico de la Iglesia; si, por fin, la familia practica
activamente la hospitalidad, promueve la justicia y demás obras buenas al servicio de todos
los hermanos que padezcan necesidad. Entre las varias obras de apostolado familiar pueden
recordarse las siguientes: adoptar como hijos a niños abandonados, recibir con gusto a los
forasteros, prestar ayuda en el régimen de las escuelas, ayudar a los jóvenes con su consejo y
medios económicos, ayudar a los novios a prepararse mejor para el matrimonio, prestar
ayuda a la catequesis, sostener a los cónyuges y familias que están en peligro material o
moral, proveer a los ancianos no sólo de los indispensable, sino procurarles los medios justos
del progreso económico.
Siempre y en todas partes, pero de una manera especial en las regiones en que se
esparcen las primeras semillas del Evangelio, o la Iglesia está en sus principios, o se halla en
algún peligro grave, las familias cristianas dan al mundo el testimonio preciosísimo de Cristo
conformando toda su vida al Evangelio y dando ejemplo del matrimonio cristiano.
Para lograr más fácilmente los fines de su apostolado puede ser conveniente que las
familias se reúnan por grupos.
Los jóvenes
12.
12. Los jóvenes ejercen en la sociedad moderna un influjo de gran interés. Las
circunstancias de su vida, el modo de pensar e incluso las mismas relaciones con la propia
familia han cambiado mucho. Muchas veces pasan demasiado rápidamente a una nueva
condición social y económica. Pero el paso que aumenta de día en día su influjo social, e
incluso político, se ven como incapacitados para sobrellevar convenientemente esas nuevas
cargas.
Este su influjo, acrecentado en la sociedad, exige de ellos una actividad apostólica
semejante, pero su misma índole natural los dispone a ella. Madurando la conciencia de la
propia personalidad, impulsados por el ardor de su vida y por su energía sobreabundante,
asumen la propia responsabilidad y desean tomar parte en la vida social y cultural: celo, que
si está lleno del espíritu de Cristo, y se ve animado por la obediencia y el amor hacía los
pastores de la Iglesia, permite esperar frutos abundantes. (Ellos deben convertirse en los
primeros e inmediatos apóstoles, de los jóvenes, ejerciendo el apostolado entre sí, teniendo
en consideración el medio social en que viven).
Procuren los adultos entablar diálogo amigable con los jóvenes, que permita a unos y
a otros, superada la distancia de edad, conocerse mutuamente y comunicarse entre sí lo bueno
que cada uno tiene. Los adultos estimulen hacia el apostolado a la juventud, sobre todo en el
ejemplo, y cuando haya oportunidad, con consejos prudentes y auxilios eficaces. Los
jóvenes, por su parte, llénense de respeto y de confianza para con los adultos, y aunque,
