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Si deseamos ser usados por Dios, tenemos que
someternos al sufrimiento y reconocer que la
facilidad, la comodidad y el placer no son sus
únicos planes para nuestra vida.
el Señor Jesús ministrar con compasión
genuina. Después de todo, Él es Dios. Pero,
¿cómo vamos nosotros, personas comunes
y corrientes, a ministrar a los demás de la
manera que Él lo hacía?
El valor del sufrimiento. Uno de
los métodos más sorprendentes y efectivos
para desarrollar la empatía en nosotros es
por medio de nuestro sufrimiento. Segunda a los Corintios 1.3, 4 dice que Dios es
“Padre de misericordias y Dios de toda
consolación, el cual nos consuela en todas
nuestras tribulaciones, para que podamos
también nosotros consolar a los que están
en cualquier tribulación, por medio de la
consolación con que nosotros somos consolados por Dios”.
Aunque a nadie le gusta sufrir, ¿quién
mejor para establecer lazos de simpatía
con una persona que está sufriendo, que alguien que ha pasado por un valle oscuro y
salido adelante? Porque hemos tenido una
experiencia dolorosa parecida, podemos
asegurar a otros que el Señor es bueno en
cada situación. Todos los que deseemos ser
usados por Dios, tenemos que someternos
al sufrimiento y reconocer que la facilidad,
la comodidad y el placer no son sus únicos
planes para nuestra vida. Él nos salvó
para que ayudemos a los demás, y sentir
empatía con ellos es una parte integral de
ese llamamiento.
Reconocer a los necesitados. Si
vamos a ser efectivos al expresar empatía,
tenemos primero que reconocer la condición emocional y espiritual de quienes
estamos tratando de ayudar. Si andamos en
el Espíritu, viviendo sometidos a su autori24 F E B R E R O 2 0 1 4 E N C O N T A C T O
dad, Él nos dará el discernimiento espiritual
para ver a las personas y sus situaciones
desde su perspectiva. El Espíritu nos dará
compasión por los que sufren y ayudará a
amar a quienes no se hacen querer.
Parte de ver a las personas como Dios las
ve es reconocer su futuro potencial. Cuando
Cristo miraba a las personas, no veía solamente a quién estaba delante de Él, sino
también en lo que podría llegar a ser. Por
ejemplo, cuando se encontró con Pedro, el
pescador, vio a un líder de su iglesia. También reconoció que Saulo, el perseguidor, se
convertiría un día en el Pablo del evangelio.
Es por eso que nunca debemos etiquetar a
nadie. Algunas veces, saber simplemente
que alguien ve el potencial que hay en ellas,
puede sacar a las personas de la desesperanza y motivarlas a convertirse en fuerzas
poderosas en el reino de Dios.
Acercarse para ayudar. Para ani-
mar a los demás tenemos que acercarnos
en persona. Muchas veces, tratamos de
conectarnos con los demás por medio de
mensajes de texto, correos electrónicos o incluso llamadas telefónicas. Pero nada puede
sustituir la efectividad de una interacción
personal cara a cara. Solo así podremos
ver la expresión fácil y el lenguaje corporal
que revelan lo que está sucediendo en el
corazón. Cuando Jesús se acercaba a las
personas, se conectaba con ellas mentalmente para formarse un juicio sobre su
condición; emocionalmente, para mostrarles compasión; y físicamente, para aliviar su
sufrimiento.
Estar preparados para dar. Después, tenemos que estar preparados para
