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Bienaventurados

los que
consuelan

Jesucristo no deja de mostrar misericordia,
Y quiere que usted haga lo mismo.

P

por CHARLES F. STANLEY

odemos pensar que cuanto más grande es una iglesia más le
agrada a Dios, pero la verdad es que Él está mucho más interesado en las personas que en los edificios. La creación lo demuestra. El Señor no creó la Tierra simplemente para que fuera
admirada por su belleza, sino para que fuera el hábitat ideal de
la corona de su creación: el género humano.
Cuando Jesús inició su ministerio terrenal, también se enfocó
en las personas. Dondequiera que iba se ocupaba de quienes
tenían necesidades físicas, emocionales y espirituales. Por tanto, ¿no deberían
ser las personas también nuestra prioridad? Como creyentes, estamos llamados a
edificarnos unos a otros (1 Ts 5.11) y a sobrellevar los unos las cargas de los otros
(Gá 6.2). Pero muchos cristianos van a la iglesia y asisten a reuniones de estudio
bíblico para empaparse de verdades espirituales que nunca comparten con los
demás. La Palabra de Dios debería cambiarnos y, a la vez, tener un efecto en los
demás cuando atendemos sus necesidades.
Si no tenemos cuidado, podemos ir por la vida con los ojos vendados, olvidando que las personas que nos rodean están sufriendo. Algunos cristianos se
apresuran a decir: “Bueno, yo no tengo el don de la misericordia; por tanto, esto
no se aplica a mí”. Pero los creyentes no están exentos de la responsabilidad de
las prácticas espirituales, y todos los hijos de Dios deberían estar creciendo en
este aspecto.
Para lograrlo, tenemos que ver la situación de los demás desde la perspectiva
de ellos y sentir sus emociones. Las personas que están sufriendo reconocen si
nuestros intentos de consolarlas son simplemente palabras huecas o un interés
sincero que fluye de un corazón comprensivo. Nosotros reconocemos cómo podía

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