Islandia....pdf

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Y efectivamente, cuando Isla y Ara llegaron a la superficie, corroboraron los pronósticos.
Llovía. Isla sonrió, le encantaba hacerse la muerta y flotar y flotar mientras gotas de
lluvia le masajeaban todo el cuerpo. Ara, que no soportaba el pasatiempo de su amiga
(le parecía un sopor) se fue resignada a buscar algo para desayunar.
A pesar de que encontrarse mirando como caían encima de ella las gotas de lluvia era
un momento de relajación para Isla, la Venida de Proteo le agitaba cabeza como una
sardinilla atrapada en la red.
Desde hacía algún tiempo odiaba esta festividad. Durante el ocaso, el clan nadaba hacia
el Bosque de Islas: un cúmulo de islotes altos y repletos de árboles. Alrededor de los
islotes se salpicaban algunas pequeñas rocas, seguramente desprendidas de éstos.
Allí, sobre las rocas, refugiados por las altas paredes de las islas, los tritones y sirenas
hacían algo que en el resto del año no se repetiría: cocinar con fuego.
Encendían varias hogueras en las que hervían caracoles de mar mezclados con algas
rojas, asaban langostas y las bañaban en tinta de calamar, freían cangrejos y los servían
en grandes caparazones (los antropiscios se volvían locos con este aperitivo) mejillones
con fideos de mar, sopa de bogavante, sardinas fritas, huevas de salmón con almejas y
gambas, puré de erizo con picatostes de coral… Sin duda alguna acababan a reventar.
Pero a pesar de que Isla era una tragona y se deleitaba con cada bocado que iba
picoteando, esto era, prácticamente, lo único que le seguía gustando. Es curioso,
pensaba mientras flotaba con los brazos extendidos, le tendría que traer buenos
recuerdos por todo lo que se divirtió en el pasado. Se había reído a carcajadas junto a
las sirenas que un día fueron sus amigas, jugado a ser humanos de vacaciones en la
costa, hecho barbas de espuma o tirado bolas de algas.
Pero todas habían cambiado. El problema era que Isla no había cambiado de la misma
forma que ellas. Ahora las risas y los juegos dejaban paso a las sonrisas forzadas y a
los saludos por compromiso. Islandia se sentía como una extraña entre personas que
siempre habían estado ahí, con las que había crecido y que ahora parecía no conocer.
Ellas seguían el curso natural de la historia: se preocupaban por elegir bien al tritón que
las iba a fecundar, por tener muchos muchos hijos, establecer una morada segura para
poder criarlos… a Islandia no le interesaba lo más mínimo todo aquello. Tenía necesidad
de vivir, en su peculiar forma de darle sentido a esta palabra. Tener hijos significaba
comulgar con el destino que ya habían pensado para ella. Quizás, en esto, había salido
a su madre.
Pasó el día entretenida jugando con Ara, ya que en la Venida de Proteo nadie trabajaba,
excepto su madre claro, que lo hacía a escondidas. Mientras el sol se hundía en el
Atlántico, los antropicios fueron llegando al Bosque de Islas. La sirena intentaba
postergar al máximo este momento, pero antes de que fuera noche cerrada tenía que
estar allí.
—Lo siento Ara, pero sabes que te tienes que quedar aquí— Isla puso la malla tapando
la entrada natural que dejaban los arrecifes de su morada y Ara la miró con desdén
desde dentro. — Ya me gustaría que vinieses, seguro que tendría mejor conversación
contigo. — le susurró la joven, mientras ataba el último nudo de la malla. La tiburón se
acomodó en la arena blanca. Sabía que no tenía nada que hacer, así que se confinó al
aburrimiento y cerró los ojos. Nunca ponía resistencia a su cautiverio.
