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Voces desde la escuela
Me despido de ellas y en el camino voy pensando: ¡Qué terrible y qué cruel es la vida! Para esta criatura tan bonita, tan frágil. Aquí se nota como cada uno de nosotros lleva su destino a
cuestas.
Al pasar el tiempo, al año siguiente me ofrecen una suplencia en el campo, escuela N° 137 Lote XXIV, acepté sin saber adónde iba, sin conocer muy bien la zona, temerosa y a la vez feliz de
trabajar allí. La gente grande del pueblo me alentaba diciéndome
“es re linda la escuelita del veinticuatro… Allí fui yo a la escuela,
en otra época tenía hasta cincuenta alumnos”.
La docente que se jubilaba entre emoción y nostalgia, entregaba en mis manos la llave de su tesoro más preciado, su lugar
de trabajo, de tantos años, su lugar de vida, con miles de recomendaciones y augurándome éxito y que esté allí por veinticinco
años como ella estuvo.
Pero mayor fue mi sorpresa, al ver sentada en el primer banco a “Laurita”, su carita sonrosada, con dos colitas de moños blancos, de aspecto más cuidado y arreglado que cuando la conocí, y
con sus ocho añitos a cuestas me esperaba en primer grado.
Se cruzaron en un segundo, ¡mil pensamientos por mi mente! Y ahora… ¿Qué hago? ¿Cómo le enseño, cómo hago para que
comprenda? ¿Cómo habrá llegado aquí? ¿Qué habrá pasado con
su familia? ¿Habrá aprendido algo, se acordará?. Pero lo que más
me preocupaba era cómo haría yo para enseñarle, a leer, a escribir,
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