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y la consumación de la historia.31 No hay ninguna experiencia humana, ningún itinerario del
hombre hacia Dios, que no pueda ser integrado,
iluminado y purificado por esta luz. Cuanto más
se sumerge el cristiano en la aureola de la luz de
Cristo, tanto más es capaz de entender y acompañar el camino de los hombres hacia Dios.
Al configurarse como vía, la fe concierne también a la vida de los hombres que, aunque no crean,
desean creer y no dejan de buscar. En la medida
en que se abren al amor con corazón sincero y se
ponen en marcha con aquella luz que consiguen
alcanzar, viven ya, sin saberlo, en la senda hacia la
fe. Intentan vivir como si Dios existiese, a veces
porque reconocen su importancia para encontrar
orientación segura en la vida común, y otras veces
porque experimentan el deseo de luz en la oscuridad, pero también, intuyendo, a la vista de la grandeza y la belleza de la vida, que ésta sería todavía
mayor con la presencia de Dios. Dice san Ireneo de
Lyon que Abrahán, antes de oír la voz de Dios, ya lo
buscaba « ardientemente en su corazón », y que « recorría todo el mundo, preguntándose dónde estaba
Dios », hasta que « Dios tuvo piedad de aquel que,
por su cuenta, lo buscaba en el silencio ».32 Quien se
pone en camino para practicar el bien se acerca a
Dios, y ya es sostenido por él, porque es propio de
la dinámica de la luz divina iluminar nuestros ojos
cuando caminamos hacia la plenitud del amor.
31
 Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl.
Dominus Iesus (6 agosto 2000), 15: AAS 92 (2000), 756.
32
  Demonstratio apostolicae praedicationis, 24: SC 406, 117.

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