PARABOLAS PARA FORMAR EN VALORES.pdf

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5.- LA VASIJA AGRIETADA
Un cargador de agua en la India tenía dos grandes vasijas que llevaba
encima de sus hombros colgadas a los extremos de un palo. Una de las vasijas
era perfecta y entregaba el agua completa al final del largo camino desde el arroyo
hasta la casa del patrón.
La otra vasija tenía una grieta por donde se iba derramando el agua a lo
largo del camino. Cuando llegaban, sólo podía entregar la mitad de su caudal.
Durante dos años se repitió día a día esta situación. La vasija perfecta se
sentía orgullosa de sí misma, mientras que la vasija agrietada vivía avergonzada
de su propia imperfección y se sentía miserable por no poder cumplir a cabalidad
la misión para la que había sido creada.
Un día, decidió exponerle su dolor y su vergüenza al aguador y le dijo:
-Estoy muy avergonzada de mí misma y quiero pedirte disculpas.
-¿Por qué? –le preguntó el aguador.
-Tú sabes bien por qué. Debido a mis grietas, sólo puedes entregar la
mitad del agua y por ello sólo recibes la mitad del dinero que deberías recibir.
El aguador sonrió mansamente y le dijo a la vasija agrietada:
-Cuando mañana vayamos una vez más a la casa del patrón, quiero que
observes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino.
Así lo hizo y, en efecto, vio que las orillas del camino estaban adornadas
de bellísimas flores. Esta visión, sin embargo, no le borró la congoja que le crecía
en su alma de vasija por no poder realizar su misión a plenitud. Al volver a la
casa, le dijo el aguador:
-¿Te diste cuenta de que las flores sólo crecen en tu lado del camino?
Siempre supe de tus grietas y quise aprovecharlas. Sembré flores por donde tú
ibas a pasar y todos los días, sin tener que esforzarme para ello, tú las has ido
regando. Durante estos dos años, yo he podido recoger esas flores para adornar
el altar de mi maestro. Si tú no fueras como eres, él no habría podido disfrutar de
su belleza.
Todos tenemos grietas y limitaciones, y aun así, todos valemos. Con
frecuencia, nuestras debilidades son nuestras fortalezas. El ser conscientes de
ellas nos vuelve humildes, comprensivos. No hay nada más insoportable que una
persona que se siente perfecta o santa. Los santos verdaderos se reconocen
pecadores y los auténticos sabios son los que más vocean su ignorancia.
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