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Todos los días, la ancianita se presentaba en el comercio. Yo me daba
cuenta de su visita poco antes de que llegara, pues el armazón que le
permitía andar producía sonidos amortiguados, pero perceptibles. Sssssssstt… ssssssssss-tt… ssssssssss-tt.
-¿Cómo le va doña Natalia?, ¿qué se le ofrece? -le preguntaba. La
primera vez con inocencia absoluta, las demás, haciéndome el tonto. Yo
bien sabía lo que me pediría.
-Sólo una botella de whisky. -así, con el tono de voz de siempre, me
ha contestado todos estos días.
He buscado en sus ojos alguna señal de vergüenza, de miedo, de
locura, pero no la he encontrado. Simplemente le doy la botella, me paga y
se dirige con dificultad hacia la puerta. No me he vuelto a ofrecer para
llevarle la compra hasta su domicilio.
Me he roto la cabeza pensando para qué podría querer una botella de
whisky una anciana como doña Natalia.
He formulado todo tipo de hipótesis, desde las más realistas:
1. Doña Natalia no ha podido con su soledad y se ha vuelto
alcohólica.
2. Tiene un huésped oculto en su casa que le pide la botella para
embriagarse.

Hasta las más osadas fantasías:

3. Doña Natalia se convierte en una linda joven por las noches y
bebe a raudales. – ¿influirá en ello que acabo de leer Aura de
Carlos Fuentes?
4. Le da la botella a la Muerte como soborno para que no se la
lleve. –sí, también leí Macario de Bruno Traven.