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Cualquiera de las cosas, de los objetos del universo material, puede
cambiarse por otra en virtud de sus características, mientras sirvan al mismo fin
o efecto. En este sentido, su valoración económica o precio en cada tiempo y
lugar determinados, resulta correspondido con la demanda y necesidad que se
tenga de su incorporación a la vida.
En el universo de las relaciones personales, se supondría que cada quien
presenta una característica intransferible, única e inabarcable, una virtud “en sí”,
incluso al extremo de indicarse su externalidad al mercado, por lo que no puede
hablarse a su respecto de “precio” alguno, sino, en todo caso, de “valoración”,
también ella “en sí”.
El dinero, lejos de diferenciar a sus poseedores, lo que hace realmente es
abstraerlos a un nivel de igualdad que participe de su carácter de fungibilidad.
En tanto resulta delicado establecer clasificaciones valorativas fundadas
las diferencias en el querer, poder y saber de las personas, la distinción entre
ellas desde un tercero imparcial se intenta estática, descriptiva, mensurable,
echando mano a ese fin de la propia cuantificación expresada por el dinero.
Las virtudes sociales, que pueden concebirse como aquellos atributos
que hacen que el aporte de cada uno a la sociedad en la que vive constituya una
diferencia, no pueden ser intercambiables precisamente por su diferencia
recíproca en orden a la preservación de la diversidad.
Cuando las sociedades se aletargan y uniformizan, no permiten o
sancionan el desarrollo de la diferencia, por lo que las virtudes se vuelven
comunes y asimilables, cuestiones de mayor o menor grado.
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