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Resulta extremadamente más sencillo cuando, por motivos de lejanía en el
tiempo, el espacio o el conocimiento, aquellas autoridades ni siquiera pueden
enterarse de su utilización como sostenedores de cualquier idea, perspectiva o
razonamiento. Así, Marx puede estar vendiendo máquinas de afeitar o
Aristóteles haciéndose cargo de una empresa de pañales. Y a la inversa, el
increíble Hulk puede recomendar un libro, o el chanchito Porkie calificar una
película. De esta forma, la frase como tal, mínima entidad de trabajos medulares,
extracto, reducción y cosificación de sus dificultades, sufre un proceso de
conversión instantánea en “slogan”, gancho publicitario antes que nudo o núcleo
de consecuencias, derivaciones y perspectivas.
Cómo hacer uso de la frase célebre
Tenga a mano una frase. No tiene por qué leer frondosos tratados de
filosofía para extraerla. Puede elegir una página, un párrafo, una línea al azar,
de un trabajo que sea considerado como clásico. Una vez obtenida, límpiela de
cualquier significado propio, histórico, circunstanciado o sistémico; aíslela de
cualquier consideración extraña a su sonido; acompáñela de un gesto grave y
seguro, y tendrá el asentimiento asegurado.
Una frase, de esta forma aislada, independiente, soberbia, es su propia
legitimación, sustento y profecía. Se contiene a sí misma desde sí misma. Y
extiende su autoridad ante el hueco silencio que dibuja a su alrededor.
No hay quien quiera disentir con los grandes pensadores. De forma tal
que no se detendrán a discutirle. Sobre el particular, cuadra agregar que muchas
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