cuadernosdenegacion3 trabajo.pdf

Vista previa de texto
generalizada de la ley del valor contra los seres humanos. Donde para vivir hay que consumir, para consumir hay
que poder comprar, para poder comprar hay que tener dinero y para tener dinero hay que trabajar. Y aquí nos
oponemos a categorizar fácil y livianamente a nuestra sociedad como “de consumo”, cuando en realidad es una
5
sociedad más bien determinada por la producción de valor.
Es cierto que el consumismo desenfrenado, o la aspiración a él, es hoy un fenómeno central de nuestra sociedad. No
intentamos eludir este tema, analizable a simple vista y del que además abunda material. Es una realidad innegable
que podemos vivir sin aquellas toneladas de porquerías ¡y que hasta viviríamos mejor sin ellas!
Sin embargo, las críticas al incesante consumismo no suelen tener en cuenta la importancia de comprender sobre
qué modo de producción se erige esta enfermedad moderna: sobre el modo de producción capitalista que necesita la
incesante producción de mercancías.
Somos obligados a trabajar asalariadamente para satisfacer necesidades e imposiciones, nos convertimos en
mercancía que otras personas compran para sus fines, al vender nuestro cuerpo necesaria e inevitablemente junto a
nuestra mercancía más preciada: nuestra fuerza de trabajo. ¡O hasta nos obligamos a trabajar horas extras para
satisfacer auto-imposiciones!
Que tenemos precio, puede parecer un comentario a la ligera, que se escucha cantidad de veces, pero no por eso
deja de ser terrorífico. No es que, por ejemplo, a dos personas en un mismo trabajo nos pagan lo mismo, ¡es que
durante una hora de trabajo valemos tanto una como la otra! No importamos en tanto que humanos sino que en
cuanto podemos producir. Todo ello sólo si el trabajador consigue quien compre su fuerza de trabajo, esa mercancía
que ningún proletario puede acumular; ya que, por el contrario a la acumulación de los capitalistas, la nuestra se
deteriora con el tiempo y cada vez vale menos.
Tener precio se vuelve una obviedad, cuando el propietario de un automóvil siente que la vida del ladrón, a quien
mata de un disparo en el pecho, es menos importante que el coche que estaba robando. Cuando un proletario mata
a otro sólo para robarle algunas mercancías: una bicicleta, un teléfono, un par de zapatillas… Cuando un policía
reprime para que unos manifestantes no destrocen unos vidrios. Cuando en un establecimiento de trabajo se rompe
una máquina o se enferma un trabajador y da lo mismo, sólo se calcula en pérdidas de dinero…
Tener precio es trabajar descargando camiones y poder llevar las cajas en carretilla sólo hasta la entrada del negocio
en cuestión, porque “el piso nuevo se arruina”. Entonces, lo que antes iba sobre ruedas se carga al hombro y se
caminan metros y metros hasta un depósito (que suele estar escondido a la vista del cliente). Allí se verifica que ese
piso brillante tiene mucho más valor que nuestra cintura, nuestra columna y nuestra salud en general, por el sólo
hecho de que podemos ser reemplazados fácilmente, y es también allí donde entra en juego la presión que ejerce el
enorme ejército de reserva, presión que el patrón aprovecha para su beneficio.
Esa es nuestra realidad, donde los objetos gozan de igualdad con los seres humanos gracias al valor que cada uno
lleva impregnado, y la totalidad de la naturaleza que los contiene. En nuestra supervivencia hasta nos preocupa que
un objeto valga más que nosotros mismos, y no nos sorprende el problema anterior: que personas y objetos son
medidos de la misma manera. Cuando la pierna de un importante jugador de fútbol vale más que una pequeña
empresa, esa pierna es sólo un objeto productor de ganancias, no importa su condición en tanto que “pierna
humana”.
Somos fragmentados. Ya no somos hombres o
mujeres, sino mozas, albañiles, barrenderos,
telefonistas, operarios... es decir empleados (o nos
auto-empleamos, sin patrón pero aún sometidos
por la ley del valor y el mercado), generando
productos y/o servicios que nos son ajenos
mientras y luego de ser realizados, que escapan al
control del productor, adquiriendo independencia
del mismo, dominándolo a través del precio y
demás leyes económicas
Hemos llegado a “amar” a las mercancías, y cuando nos amamos entre sujetos también lo hacemos como entre
mercancías. Esta relación de personas como meras cosas puede observarse simplemente en la calle, las miradas se
dirigen reduciendo el deseo sexual a algo tan banal como la simple atracción a un cuerpo, creado por un sistema de
cuerpo como mercancía, somos objetos para ser contemplados, somos objetos en la calle, en la cama. Pero este no
es un problema extraordinario, somos objeto desde mucho antes: cuando somos obligados a trabajar
asalariadamente para satisfacer necesidades e imposiciones, nos convertimos en mercancía que otras personas
compran para sus fines.
5
Algunos se preguntarán para qué hacemos este tipo de precisiones, pensaran que son “delirios” que no pueden tener una
implicación directa en la realidad. Pero todo análisis tiene una implicación directa en la realidad. Por ejemplo: al comprender a
esta sociedad como “de consumo” se puede creer entonces que el acto mas subversivo es negarse a consumir, cuando en
realidad esto poco afecta a la estabilidad económica. Abstenerse de tal o cual producto no implica ni colabora con que éste
desaparezca. Comprender a esta sociedad como “consumista” es otra vez confundir los aspectos con la totalidad, y eso a la hora
de luchar se paga caro.
8
