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“Cuando no estamos trabajando, estamos viajando hacia o desde el trabajo, preparándonos para
trabajar, descansando porque estamos cansados de trabajar o emborrachándonos para olvidarnos
del trabajo. Lo único peor que trabajar es no tener trabajo. Entonces nos pasamos semanas en la
calle buscando trabajo, sin que nadie nos pague por hacerlo. El constante temor al desempleo es lo
que nos hace ir al trabajo todos los días. [...]
Todas nuestras actividades tienden a alienarse y se vuelven aburridas como el trabajo: los
quehaceres domésticos, el entretenimiento… Eso es el capitalismo “
(Prole.info, ” Trabajo Comunidad Politica Guerra” publicado en Cuadernos de Negación nro.1)

Producimos objetos, servicios para comprar y vender, y a la vez nos reproducimos como mercancías a nosotros
mismos. El tiempo que pasamos trabajando no parece formar parte de nuestra vida, no se siente así, no trabajamos
realmente para obtener lo que producimos, que se nos escapa inmediatamente, trabajamos para conseguir dinero, el
medio más usual para conseguir lo necesario para mantenerse con vida... y seguir trabajando...
Otros asalariados se hacen adictos al trabajo o reducen su pena con respecto a él, reacción psicológica que colabora
en la función de levantarse al otro día de la cama para volver al trabajo. Sin ello, muchos días esto sería imposible, o
motivaría un desequilibrio con la normalidad para seguir sobreviviendo. También, perdida la verdadera comunidad
entre las personas, el ámbito laboral -en tanto que comunidad ficticia- viene a sustituirla, buscándose en el tiempo y
espacio del trabajo la satisfacción de toda la amplia complejidad de deseos y necesidades de la vida, sin distinguir
entre explotadores y explotados. En ésta sociedad se considera estimulante que el jefe comparta unas copas con los
empleados tras algún logro financiero, para estimular su productividad; o más tristemente, nos sentimos realizados
cuando nuestra comunidad social de amigos se torna en una unidad productiva.
El intercambio mercantil se manifiesta concretamente con el dinero. Esa abstracción que es el valor se materializa en
él, ese tiempo de trabajo abstraído del trabajo y fijado bajo una forma duradera y transportable se materializa en él.
Eso es lo que hay de común, no en algunas mercancías, sino en todas.
Por eso aunque ciertas luchas lo exijan, y no nos oponemos a ello nuestro objetivo final no es repartir el dinero de los
ricos entre todas las personas, ese reparto se sitúa todavía en el terreno del capital. La comunidad del dinero no
debe ser “más justa”, sino abolida.
El dinero no es sólo una medida de valor: es nuestra “comunidad”. Es una comunidad que interrumpe la
conformación de nuestra comunidad humana, con nuestro ser colectivo. Nos relacionamos a lo largo de casi todo el
día con las demás personas en tanto que consumidores y/o productores. Nuestros momentos de producción de
servicios o de objetos no nos pertenecen, generan más ganancias para los burgueses y mercancías que otros
proletarios -y también burgueses- deberán comprar. Y así mismo sucede con todos los momentos de nuestra vida,
incluyendo los de ocio.
De ninguna manera nos oponemos a producir o realizar una actividad para beneficiar a los nuestros. Pero sí nos
oponemos rotundamente a hacerlo para “el otro”, porque así se nos presentan los demás humanos (¡y hasta
nosotros mismos en nuestra relación interna!): como “el otro”, como
algo extraño a nosotros mismos, ajeno a nuestro ser colectivo. He
ahí la diferencia abismal entre la sociedad actual y la comunidad
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por la que luchamos .
Cuando no se nos presenta como un competidor, que suele ser la
regla general, lo hace como un extraño al que sólo conocemos a
través de la mercancía, delimitado simbólicamente como tal para
que quede claro que la relación allí no será entre dos seres
humanos sino entre un empleado-trabajador y un consumidorcliente. Esto se da ya sea mediante determinada vestimenta
(mozos, enfermeras, mecánicos) o físicamente detrás de un
mostrador, una computadora, una ventanilla (secretarios, cajeros,
vendedores). Por ello, nuestra actividad necesariamente debe acabar con esa “comunidad” del dinero, con esas
relaciones superficiales mediadas por las mercancías, así como también con todas esas “comunidades” ya instituidas
y aceptadas como la familia, la patria, la religión. Podríamos mencionar también aquellas que se construyen más allá
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La transformación de esta sociedad implica seguir manteniendo una relación social forzosa. Por eso luchamos por una
comunidad humana, cuyo vínculo surge en base a las relaciones, necesidades y deseos entre las personas, y no en base a la
gestión productiva de un grupo social denominado “comunidad” como algunos inocentes piensan, donde la comunidad A
intercambia zapatos con la comunidad B que recoge frutas.
En el texto “Un mundo sin dinero”, Les Amis de 4 Millions de Jeunes Travailleur afirmaban: El comunismo no suprime al capital
para devolver las mercancías a su estado original. El intercambio mercantil es un vínculo y un logro, pero es un vínculo entre
partes antagonistas. Su desaparición no supondrá un retorno al trueque, esa forma primitiva de intercambio. La humanidad ya no
estará dividida en grupos opuestos o en empresas. Se organizará a sí misma para planificar y usar su herencia común y para
compartir obligaciones y disfrutes. La lógica del compartir reemplazará a la lógica del intercambio.
El dinero no es un instrumento neutral de medida, sino la mercancía en la que se reflejan todas las demás mercancías. El dinero
va a desaparecer. El oro, la plata y los diamantes ya no tendrán más valor que el que provenga de su propia utilidad.
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