Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf


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existir para sí, la mujer renunciará a la función de doble y de me­
diadora que le proporciona en el universo masculino su lugar pri­
vilegiado; para el hombre atrapado entre el silencio de la natura­
leza y la presencia exigente de otras libertades, un ser que es al
mismo tiempo su semejante y una cosa pasiva aparece como un
gran tesoro; la imagen con la que percibe a su compañera puede
ser mítica, pero las experiencias de las que es fuente o pretexto no
dejan de ser reales: no las hay más preciosas, más íntimas, más ar­
dientes; es innegable que la dependencia, la inferioridad, la infeli­
cidad femenina les dan su carácter singular; con seguridad, la au­
tonomía de la mujer, aunque ahorre muchos problemas a los
hombres, les suprimirá muchas facilidades; con seguridad, hay al­
gunas formas de vivir la aventura sexual que se perderán en el
mundo del futuro, pero eso no quiere decir que el amor, la felici­
dad, la poesía, el sueño, vayan a desaparecer. Hay que estar alerta
para que nuestra falta de imaginación no vacíe para siempre el fu­
turo; para nosotros sólo es una abstracción; cada uno de nosotros
deplora sordamente la ausencia de lo que cada uno fue; pero la
humanidad del mañana lo vivirá en su carne y en su libertad, será
su presente y a su vez lo preferirá; entre los sexos nacerán nuevas
relaciones carnales y afectivas que todavía no podemos concebir:
ya han aparecido entre hombres y mujeres amistades, rivalidades,
complicidades, camaraderías castas o sexuales, que los siglos pa­
sados no habrían sabido inventar. Una de las aserciones más cues­
tionables que conozco es la que condena el mundo nuevo a la uni­
formidad, es decir, al aburrimiento. No veo que el aburrimiento
esté ausente de este mundo, ni que la libertad cree en ningún caso
la uniformidad. Ante todo, siempre quedarán entre el hombre y la
mujer algunas diferencias; su erotismo, es decir, su mundo sexual,
al tener una imagen singular, no dejará de provocar en ella una
sensualidad, una sensibilidad singular: sus relaciones con su cuer­
po, con el cuerpo masculino, con el niño, nunca serán iguales a
los que el hombre mantiene con el cuerpo femenino y con el niño;
los que tanto hablan de «igualdad en la diferencia», van a tener
que admitir que pueden existir diferencias dentro de la igualdad.
Por otra parte, son las instituciones las que crean la monotonía:
jóvenes y bonitas, las esclavas del serrallo son siempre las mis­
mas en los brazos del sultán; el cristianismo ha dado al erotismo
el sabor del pecado y la leyenda, dotando de un alma a la hembra
del hombre; si se le devuelve su singularidad soberana, no se eli­
minará por ello de las relaciones amorosas el regusto patético. Es

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