REVISTA NUMERO 31 CANDÃS EN LA MEMORIA.pdf

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MI PRINCIPIO
Y MI FINAL
Candás, Candás,
Rezuma en tus calles
Mi infancia al pasar
Y he aprendido a amar.
Mi cielo, mi pueblo
Su Cristo y su mar.
Aprende a soñar.
Yo soy de Candás
Esta es una estrofa de una canción nuestra
que se llama Villa Marinera.
Y habla de nuestra infancia, aquella que
pasamos, los que hoy somos cosecha del 51.
Aquellos que heredábamos las ropas de
nuestros hermanos mayores, o de otro
familiar cercano, los que hacíamos los
recados de casa y que siempre te acababan
preguntando y tu ¿de quién yes fio?, mientras
tu madre acababa la jornada en la bodega
y llegaba a casa a veces con unas anchoas
envueltas en papel de estraza y escondidas
entre el mandil, para merendar.
Y salir corriendo para la calle a jugar, hasta el
anochecer, a las chapas, a las canicas, al futbol
a cualquier cosa, dependiendo de los que nos
juntábamos y la época del año.
En invierno en esos días lluviosos en nuestro
pueblo donde faltaba mucho y sobraba
poco, era el momento de cambiar cuentos
(ahora llamados comics). Éramos todos un
poco Capitán Trueno, Jabato, una mezcla
de superhéroes, y visitábamos las casas de
los amigos para el intercambio, y si ya las
tenías muy vistos ibas a la tienda de Leonor
La Palancana a cambiarlos, por una pequeña
cantidad de dinero.
Los cumpleaños solo los veíamos en el
calendario y el día de Reyes, una linterna,
una pistola de restayos, eso sí con mucha
munición que comprábamos en casa Crista,
y para llegar a un balón de futbol necesitabas
haber tenido mucha suerte.
Llegar a casa y escuchar a Guillermo
Sautier Casaseca y sus radionovelas o a Gila
mientras se anuncia el Cola Cao.
Esperando por el domingo que no llegaba
nunca, para ir al cine Apolo, a General o a
Gallinero, como se quiera llamar, a seguir
soñando con ser un Joselito o Marisol y
esperar que el mozin resuelva aquellas luchas
o peleas con los malos y que casi siempre
apenas salía con rasguños, y todo gracias a
nuestro pataleo que en ocasiones ayudaba
mucho.
Así transcurría nuestra infancia entre
aquellas Escuelas Públicas donde eras más
considerado, si además ibas a clase particular
con el mismo profesor que tenías, y sabiendo
de memoria cuando iban a cobrar los
maestros porque ese día no había clase.
Y con el tiempo que fue pasando, empezaba
la televisión a implantarse en solo algunos
lugares, de aquel pueblo donde faltaba
mucho y sobraba poco, y empezaron a venir
cada vez menos, las comedias que todos los
años venían a la Baragaña y que eran todo un
espectáculo a pesar de que los bancos para
sentarse los poníamos nosotros.
Nos hacíamos mayores muy lentamente, pero
nos hacíamos y empezábamos a trabajar y a
seguir estudiando en aquella Universidad de
Formación Profesional que había en Candás
y que no era otra que el taller de Nora, allí
nos juntábamos todas las edades, desde diez
y siete años hasta cincuenta, trabajando de
lunes hasta el sábado a mediodía.
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