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Ideología
periódico del PCR - al pueblo la Verdad - setiembre 2021
MARX: SALARIO PRECIO Y GANANCIA - Cap. VIII LA PLUSVALÍA
Supongamos ahora que el promedio de los
artículos de primera necesidad
imprescindibles diariamente al obrero
requiera, para su producción, seis horas de
trabajo medio. Supongamos, además, que
estas seis horas de trabajo medio se
materialicen en una cantidad de oro
equivalente a tres chelines. En estas
condiciones, los tres chelines serían el precio o
la expresión en dinero del valor diario de la
fuerza de trabajo de este hombre. Si trabajase
seis horas, produciría diariamente un valor
que bastaría para comprar la cantidad media
de sus artículos diarios de primera necesidad o
para mantenerse como obrero.
Pero nuestro hombre es un obrero
asalariado. Por tanto, tiene que vender su
fuerza de trabajo a un capitalista. Si la vende
por tres chelines diarios o por dieciocho
chelines semanales, la vende por su valor.
Supongamos que se trata de un hilador. Si
trabaja seis horas al día, incorporará al
algodón diariamente un valor de tres chelines.
Este valor diariamente incorporado por él
representaría un equivalente exacto del
salario o precio de su fuerza de trabajo que se
le abona diariamente. Pero en este caso no
afluiría al capitalista ninguna plusvalía o
plusproducto. Aquí es donde tropezamos con
la verdadera dificultad.
Al comprar la fuerza de trabajo del obrero y
pagarla por su valor, el capitalista adquiere,
como cualquier otro comprador, el derecho a
consumir o usar la mercancía comprada. La
fuerza de trabajo de un hombre se consume o
se usa poniéndole a trabajar, ni más ni menos
que una máquina se consume o se usa
haciéndola funcionar. Por tanto, el capitalista,
al pagar el valor diario o semanal de la fuerza
de trabajo del obrero, adquiere el derecho a
servirse de ella o a hacerla trabajar durante
todo el día o toda la semana. La jornada de
trabajo o la semana de trabajo tienen,
naturalmente, ciertos límites, pero sobre esto
volveremos en detalle más adelante.
Por el momento, quiero llamar vuestra
atención hacia un punto decisivo.
El valor de la fuerza de trabajo se determina
por la cantidad de trabajo necesario para su
conservación o reproducción, pero el uso de
esta fuerza de trabajo no encuentra más límite
que la energía activa y la fuerza física del
obrero. El valor diario o semanal de la fuerza
de trabajo y el ejercicio diario o semanal de
esta misma fuerza de trabajo son dos cosas
completamente distintas, tan distintas como
el pienso que consume un caballo y el tiempo
que puede llevar sobre sus lomos al jinete. La
cantidad de trabajo que sirve de límite al valor
de la fuerza de trabajo del obrero no limita, ni
mucho menos, la cantidad de trabajo que su
fuerza de trabajo puede ejecutar. Tomemos el
ejemplo de nuestro hilador. Veíamos que, para
reponer diariamente su fuerza de trabajo, este
hilador necesitaba reproducir diariamente un
valor de tres chelines, lo que hacía con su
trabajo diario de seis horas. Pero esto no le
quita la capacidad de trabajar diez o doce
horas, y aún más, diariamente. Y el capitalista,
al pagar el valor diario o semanal de la fuerza
de trabajo del hilador, adquiere el derecho a
usarla durante todo el día o toda la semana. Le
hará trabajar, por tanto, supongamos, doce
horas diarias. Es decir, que sobre y por encima
de las seis horas necesarias para reponer su
salario, o el valor de su fuerza de trabajo,
tendrá que trabajar otras seis horas, que
llamaré horas de plustrabajo, y este
plustrabajo se traducirá en una plusvalía y en
un plusproducto. Si, por ejemplo, nuestro
hilador, con su trabajo diario de seis horas,
añadía al algodón un valor de tres chelines,
valor que constituye un equivalente exacto de
su salario, en doce horas incorporará al
algodón un valor de seis chelines y producirá el
correspondiente superávit de hilo. Y, como ha
vendido su fuerza de trabajo al capitalista,
todo el valor, o sea, todo el producto creado
por él pertenece al capitalista, que es el dueño
pro tempore de su fuerza de trabajo. Por
tanto, adelantando tres chelines, el capitalista
realizará el valor de seis, pues mediante el
adelanto de un valor en el que hay
cristalizadas seis horas de trabajo, recibirá a
cambio un valor en el que hay cristalizadas
doce horas de trabajo. Al repetir diariamente
esta operación, el capitalista adelantará
diariamente tres chelines y se embolsará cada
día seis, la mitad de los cuales volverá a invertir
en pagar nuevos salarios, mientras que la otra
mitad forma la plusvalía, por la que el
capitalista no abona ningún equivalente. Este
tipo de intercambio entre el capital y el trabajo
es el que sirve de base a la producción
capitalista o al sistema del asalariado, y tiene
i n c e s a nte m e nte q u e co n d u c i r a l a
reproducción del obrero como obrero y del
capitalista como capitalista.
La cuota de plusvalía dependerá, si las
demás circunstancias permanecen
invariables, de la proporción existente entre la
parte de la jornada de trabajo necesaria para
reproducir el valor de la fuerza de trabajo y el
plustiempo o plustrabajo destinado al
capitalista. Dependerá, por tanto, de la
proporción en que la jornada de trabajo se
prolongue más allá del tiempo durante el cual
el obrero, con su trabajo, se limita a reproducir
el valor de su fuerza de trabajo o a reponer su
salario.■
A 45 AÑOS DEL FALLECIMIENTO DE MAO
LO RECORDAMOS PUBLICANDO UNO DE SUS APORTES: LAS DOS CONCEPCIONES DEL MUNDO
A lo largo de la historia del conocimiento
humano, siempre han existido dos
concepciones acerca de las leyes del
desarrollo del universo: la concepción
metafísica y la concepción dialéctica, que
constituyen dos concepciones del mundo
opuestas. Lenin dice:
"Las dos concepciones fundamentales
(¿o las dos posibles? ¿o las dos que se
observan en la historia?) del desarrollo
(evolución) son: el desarrollo como
disminución y aumento, como repetición, y
el desarrollo como unidad de los contrarios
(la división del todo único en dos contrarios
mutuamente excluyentes y su relación
recíproca)."[3]
Lenin se refiere aquí precisamente a estas
dos diferentes concepciones del mundo.
Durante largo tiempo en la historia, tanto
en China como en Europa, el modo de
pensar metafísico formó parte de la
concepción idealista del mundo y ocupó una
posición dominante en el pensamiento
humano. En Europa, el materialismo de la
burguesía en sus primeros tiempos fue
también metafísico. Debido a que una serie
de países europeos entraron, en el curso de
su desarrollo económico-social, en una
concepción del mundo del evolucionismo
vulgar, ve las cosas como aisladas, estáticas
y unilaterales. Considera todas las cosas del
universo, sus formas y sus especies, como
eternamente aisladas unas de otras y
eternamente inmutables. Si reconoce los
cambios, los considera sólo como aumento
o disminución cuantitativos o corno simple
desplazamiento. Además, para ella, la causa
de tal aumento, disminución o
desplazamiento no está dentro de las cosas
mismas, sino fuera de ellas, es decir, en el
impulso de fuerzas externas. Los
metafísicos sostienen que las diversas
clases de cosas del mundo y sus
características han permanecido iguales
desde que comenzaron a existir, y que
cualquier cambio posterior no ha sido más
que un aumento o disminución
cuantitativos. Consideran que las cosas de
una determinada especie sólo pueden dar
origen a cosas de la misma especie, y así
indefinidamente, y jamás pueden
transformarse en cosas de una especie
distinta. Según ellos, la explotación
capitalista, la competencia capitalista, la
ideología individualista de la sociedad
capitalista, etc., pueden ser halladas
cosas, ni el fenómeno de la
transformación de una calidad en otra. En
Europa, este modo de pensar se manifestó
como materialismo mecanicista en los
siglos XVII y XVIII y como evolucionismo
vulgar a fines del siglo XIX y comienzos del
XX. En China, el modo metafísico de
pensar expresado en el dicho "El cielo no
cambia y el Tao tampoco"[4], ha sido
durante largo tiempo sostenido por la
decadente clase dominante feudal. En
cuanto al materialismo mecanicista y al
evolucionismo vulgar, importados de
Europa en los últimos cien años, son
sostenidos por la burguesía.
En oposición a la concepción metafísica
del mundo, la concepción dialéctica
materialista del mundo sostiene que, a fin
de comprender el desarrollo de una cosa,
debemos estudiarla por dentro y en sus
relaciones con otras cosas; dicho de otro
modo, debemos considerar que el
desarrollo de las cosas es un
automovimiento, interno y necesario, y que,
en su movimiento, cada cosa se encuentra
en interconexión e interacción con las cosas
que la rodean. La causa fundamental del
desarrollo de las cosas no es externa sino
etapa de capitalismo altamente
desarrollado, a que las fuerzas productivas,
la lucha de clases y las ciencias alcanzaron
en esos países un nivel sin precedentes en la
historia y a que allí el proletariado industrial
llegó a ser la más grande fuerza motriz de la
historia, surgió la concepción marxista,
dialéctica materialista, del mundo.
Entonces, junto al idealismo reaccionario,
abierto y sin disimulo, apareció en el seno
de la burguesía el evolucionismo vulgar para
oponerse a la dialéctica materialista.
La concepción metafísica del mundo, o
igualmente en la sociedad esclavista de la
antigüedad, y aun en la sociedad primitiva, y
existirán sin cambio para siempre. En
cuanto al desarrollo social, lo atribuyen a
factores exteriores a la sociedad, tales como
el medio geográfico y el clima. De manera
simplista, tratan de encontrar las causas del
desarrollo de las cosas fuera de ellas
mismas, y rechazan la tesis de la dialéctica
materialista según la cual el desarrollo de las
cosas se debe a sus contradicciones
internas. En consecuencia, no pueden
explicar ni la diversidad cualitativa de las
interna; reside en su carácter contradictorio
interno. Todas las cosas entrañan este
carácter contradictorio; de ahí su
movimiento, su desarrollo. El carácter
contradictorio interno de una cosa es la
causa fundamental de su desarrollo, en
tanto que su interconexión y su interacción
con otras cosas son causas secundarias. Así,
pues, la dialéctica materialista refuta
categóricamente la teoría metafísica de la
causalidad externa o del impulso externo,
teoría sostenida por el materialismo
mecanicista y el evolucionismo vulgar. Es
evidente que las causas puramente
externas sólo pueden provocar el
movimiento mecánico de las cosas, esto es,
sus cambios de dimensión o cantidad, pero
no pueden explicar la infinita diversidad
cualitativa de las cosas ni la transformación
de una cosa en otra. De hecho, hasta el
movimiento mecánico, impulsado por una
fuerza externa, tiene lugar también a través
del carácter contradictorio interno de las
cosas. El simple crecimiento de las plantas y
los animales, su desarrollo cuantitativo,
también se debe principalmente a sus
contradicciones internas. De la misma
manera, el desarrollo de la sociedad no
obedece principalmente a causas externas,
sino internas.■
