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11 cuentos muy breves / Alberto Naso
Me pregunté un día si había soledad de dos, para ponerle un nombre. Y no dudé al pensar que
las palabras tienen un sentido que le da entidad si se realizan en otro, que las escucha, y
entonces no hay lugar para una palabra que quiere estar sola.
Yo tampoco estuve solo. Camino desde atrás y me encuentro con frases en tercera persona,
como algunos reporteados al hablar de ellos mismos, Eus siempre toma la leche, Eus se bañará
sin chistar.
Supuse que Eus era yo, en la aceptación de un diminutivo de mi nombre.
Hasta el instante de esa extraña frase de mi madre que ahora recuerdo decía, si decía así,
Eustaquio, Eus no hubiera desordenado su ropa.
En el rememorar el tiempo no es recto y los rodeos hacen que sume más que si mismo, y se
vuelva viejo cuando aún es joven.
Los días pasan y son años de memoria demorada, asustada, hasta que levanto la barrera y la
campanilla deja de sonar.
Las repeticiones son descubrimientos, Eus no doblaba las servilletas en triángulo, Eus no salía
al jardín cuando llovía; y yo doblo las servilletas en triángulos, me gustan las figuras de tres
puntas, y el agua de la lluvia en la cara.
Por eso creo que tengo un hermano y camino charlando con él por el jardín, aun los días en
que llueve, y lo tapo con el paraguas porque en algo somos distintos, a él no le gusta el agua
de la lluvia en la cara.
Le dije al comienzo que primero está el orden y después el desorden. Para mi madre también
era así, bueno es así, aún ahora que conservo el signo de dudoso que me grabaron en el
cerebro, como una marca del ganado, quemazón que otros te hacen, y te juntan en el rebaño
que encierran.
Para algunos la palabra libertad nace después de encerrar. A otros.
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