REVISTA NUMERO 29 CANDÁS EN LA MEMORIA.pdf


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escarcha, pequeños álamos y ensortijados
riachuelos comenzaron a verse desde esa
triste ventanilla en la que mil y una cara se
pegaron contra su cristal.
El norte daba la bienvenida a ese largo tren
expreso procedente D y con destino A.
Mientras el hermano chico de vías estrechas
recorría cortos trayectos lleno de lugareños,
al igual que las diligencias de caballos, las
casas de postas eran pequeñas estaciones
o apeaderos al mando de un gentil jefe de
estación cuyas labores de cambio de agujas,
control de mandos o expendedor de billete
eran su cometido a parte de acompañar en
tertulia a ese retrasado de hora, que perdía
siempre su tren y debería esperar al próximo.
- Siempre te pasa lo mismo, llegas tarde
- Una mala noche, he pasado una mala noche
y me he quedado dormido
- Anda siéntate que hasta y media no pasa el
siguiente.
De una cocinilla eléctrica asió el jefe de
estación la cafetera ofreciendo un café al
rezagado aún resoplando de su carrera por
coger ese tren que casi a diario perdía.
De la memoria nunca se borrarán esos cortos
y peculiares viajes que en “ El Carreño “
nos acercábamos a Gijón. El traquetreo
daba comienzo con una inclinación muy
pronunciada sobre el Parque de Santarúa, el
túnel oscuro y moribundo abría sus ojos en
Perlora, dejando Conservas Perán bajo un
puente y parando de nuevo en una posta en
la que subían y bajaban variedad de gentes
que alojados en La Residencia, disfrutaban de
unas vacaciones.

- “ Madredelamorhermoso “ y cerraba los
ojos aquella mujer de la meseta al pasar por
El Tranquero, aferrada al brazo de su marido
quien asombrado también pensaba en lo
sinuoso del tramo.
- Suelta y mira que de agua
Una pequeña parada en Xivares y en Aboño
el panorama se veía muy ajetreado
- ¿ Y ahora porqué estamos parados tanto
tiempo ?
- No ves, hay que esperar que pase el otro tren
Y saliendo de Veriña todo eran camiones,
humos, montones de carbón y vagones de
trenes moviéndose de un lado para otro.
Los del lugar, sabían que en la próxima
parada deberían de ir tapando la nariz, pero
mejor olvidar esa “ posta maloliente “.
Sin duda el caer de la noche era la hora
mágica para regresar a casa dentro de un
vagón de tren bullicioso. Cada viajero tenía
una historia reflejada en las comisuras de su
rostro, madre e hija sacando sin aguantarse,
unos zapatos que irían a una boba, una joven
dependienta pensaba si no se habrían podido
aguantar hasta llegar a casa, del Cine Robledo
venía una pequeña pandilla de ver El Coloso
en Llamas, mientras que a ese solterón de
frente no se le marchaban las imágenes que
en el Cine Brisamar, había presenciado con la
película Helga.
Pasado el tren ya por el túnel de Veriña,
una ciudad iluminada, imaginaria, luces y
reflejos que la térmica nos hacía creer. Mucha
nostalgia sentía quien mirando al exterior,
no solo contemplaba las luces de bohemia,
sino el reflejo de su propio rostro, el rostro
que el tiempo fue medrando su juventud y su
memoria.
En la duermevela de la noche más larga
del año, trastean como pequeños seres, los
recuerdos que sin darnos cuenta regresan
engañando por un momento al dios tiempo,
al amo de nuestra vida quien nos recuerda
continuamente que el billete que hemos
sacado, es... de ida y vuelta. C. Quintanilla 13